JOVEN MAZAHUA DE LA UAEMÉX DEFIENDE SUS RAÍCES Y LAS LLEVA HACIA EL FUTURO
Vivir con testigos: ¿por qué nos obsesiona publicar lo que hacemos
Conectados y enredados
Por: Maria del Socorro Castañeda Díaz*
Empieza la canción más esperada de un concierto y cientos o miles de personas levantan simultáneamente el teléfono. Hoy la escena parece completamente normal, pero no lo era hace veinte años, cuando todavía no llevábamos en el bolsillo una cámara conectada permanentemente a una audiencia. Esa posibilidad de registrar y compartir lo que ocurre ha transformado también nuestra manera de vivirlo: muchas personas apenas miran directamente el escenario y contemplan al artista a través de una pequeña pantalla mientras graban un video que, probablemente, nunca volverán a ver completo.
La escena se repite frente a una obra de arte, durante un viaje, ante un plato excepcional, en una fiesta o una reunión familiar, pero también en momentos mucho más íntimos: una reconciliación, una declaración amorosa, un duelo, una hospitalización o incluso situaciones relacionadas con la vida sexual y afectiva. Antes de terminar de vivir algo, ya estamos tomando fotografías, grabándolo o imaginando cómo se verá cuando lo publiquemos.
Sería fácil concluir que los teléfonos inteligentes y las redes sociales nos han vuelto narcisistas o incapaces de disfrutar el presente. Pero la explicación es demasiado sencilla y, además, la investigación no la sostiene de esa manera.
Fotografiar no necesariamente estropea una experiencia. El cambio más profundo parece ser otro: cada vez vivimos más acontecimientos en presencia de una audiencia potencial.
Del recuerdo a la representación
Mucho antes de Instagram, Erving Goffman observó que buena parte de la vida social implica una representación. En The Presentation of Self in Everyday Life propuso que, cuando interactuamos con otras personas, procuramos producir cierta impresión sobre ellas. Elegimos qué mostramos, qué ocultamos y cómo queremos ser interpretados. Las redes sociales digitales no inventaron esa conducta. Lo que hicieron fue proporcionarle escenarios permanentes y audiencias enormemente mayores.
Alice Marwick y danah boyd llamaron “audiencia imaginada” a ese conjunto de personas que tenemos mentalmente presentes cuando publicamos algo, aunque no sepamos exactamente quién terminará viéndolo. Además, las redes producen lo que las autoras denominan un colapso de contextos: familiares, amistades, colegas, antiguos compañeros, estudiantes e incluso desconocidos pueden coincidir frente a la misma publicación.
Por eso una fotografía de vacaciones nunca comunica únicamente “estuve en determinado lugar”. Puede decir muchas otras cosas: viajo, estoy enamorado, tengo amigos, me interesa el arte, estoy pasándola bien, puedo permitirme esta experiencia, pertenezco a cierto mundo.
No significa necesariamente que todo eso sea falso. Precisamente ahí está lo interesante. La experiencia puede ser completamente auténtica y, al mismo tiempo, convertirse en una representación parcial de nosotros mismos: una de las distintas “máscaras” que asumimos según el escenario, la situación y la audiencia ante la que nos presentamos.
Russell Belk habla en este sentido de una extensión digital del yo: fotografías, perfiles, publicaciones y objetos digitales participan ahora en la construcción de nuestra identidad y permiten proyectarla ante audiencias mucho más amplias que las disponibles en la interacción cotidiana.
Un aparato que hace demasiadas cosas
Quizá por eso resulte insuficiente llamar “teléfono” al smartphone. Es cámara, álbum fotográfico, archivo, editor de imágenes, diario personal, medio de comunicación y plataforma de difusión. Pero además incorpora algo que las viejas cámaras familiares no tenían: un sistema inmediato de evaluación social.
La fotografía puede recibir “me gusta”, comentarios, corazones, compartidos o, quizá peor, indiferencia. Una cámara analógica permitía conservar el viaje. Instagram permite conservarlo, narrarlo, editarlo, distribuirlo y observar cómo reaccionan los demás. La diferencia es enorme.
Podemos pensar entonces que muchas experiencias contemporáneas tienen tres participantes: quien vive el acontecimiento, el acontecimiento mismo y una tercera presencia invisible formada por quienes podrían contemplarlo después.
Y esa tercera presencia puede modificar lo que hacemos mientras todavía está ocurriendo.
Fotografiar no es lo mismo que publicar
Aquí aparece una diferencia fundamental que suele perderse cuando se critica el uso del teléfono. Tomar fotografías no necesariamente reduce el disfrute. Kristin Diehl, Gal Zauberman y Alixandra Barasch realizaron nueve experimentos y encontraron que, en determinadas circunstancias, fotografiar puede incluso aumentar el placer de una experiencia porque obliga a prestar mayor atención a aquello que estamos observando. Quien busca algo interesante para fotografiar puede mirar con mayor detenimiento.
Pero la situación cambia cuando la fotografía se toma pensando desde el principio en mostrarla. Barasch, Zauberman y Diehl compararon personas que fotografiaban para conservar sus propios recuerdos con otras que lo hacían con intención de compartir las imágenes. En este segundo caso disminuía el disfrute porque aparecía una preocupación adicional: cómo sería evaluada la experiencia —y la propia persona— por los demás. Esa preocupación por la autopresentación reducía la participación en el momento que estaba ocurriendo. La pregunta deja entonces de ser solamente: ¿Qué quiero recordar de esto? y aparece otra: ¿Cómo quiero que los demás vean lo que estoy viviendo? Parecen preguntas semejantes, pero no lo son.
También cambia nuestra memoria
La relación entre fotografía y memoria tampoco es sencilla. Linda Henkel realizó un experimento durante la visita a un museo y encontró que las personas recordaban menos objetos y menos detalles cuando los habían fotografiado que cuando simplemente los habían observado. Sin embargo, el efecto desaparecía cuando debían acercarse y fotografiar deliberadamente un detalle específico.
La explicación, por tanto, no puede reducirse a “las fotografías destruyen la memoria”. Depende de cómo fotografiamos y del grado de atención que dedicamos a aquello que tenemos delante. Pero el fenómeno plantea una paradoja interesante: podemos regresar de un viaje con cinco mil fotografías y no necesariamente haber observado con atención todo lo que aparece en ellas. Registrar una experiencia y recordarla no son exactamente la misma cosa.
Cuando hasta la intimidad necesita testigos
La lógica de la publicación alcanza incluso experiencias que tradicionalmente habrían pertenecido al ámbito privado.
Una pareja celebra su aniversario mediante un mensaje público dirigido aparentemente al otro, aunque ambos estén sentados uno junto al otro. Alguien comparte una fotografía desde un hospital. Se hacen públicas declaraciones de amor, embarazos, duelos, reconciliaciones e incluso rupturas. Eso no significa que esas emociones sean falsas, significa que la expresión de la intimidad ha adquirido también una dimensión pública.
Natalya Bazarova mostró que una misma revelación personal es interpretada de manera distinta dependiendo de si se realiza privadamente o frente a una audiencia amplia. Las características técnicas y sociales de las redes modifican así el significado que otorgamos a lo íntimo y a su exposición. La transformación es sutil: ya no basta siempre con vivir algo con otra persona; en ocasiones parece necesario que exista también constancia social de que ocurrió. Tan simple como pensar: “No sólo estuvimos juntos. También los demás saben que estuvimos juntos.”
¿Es cosa de jóvenes? ¿Y de mujeres?
La edad importa, pero conviene no exagerar sus efectos. Los adultos jóvenes utilizan mucho más algunas plataformas visuales. En una encuesta representativa realizada por Pew Research Center en Estados Unidos en 2025, Instagram era utilizado por 80% de las personas entre 18 y 29 años, frente a 19% entre quienes tenían 65 años o más. También existen diferencias de género: 55% de las mujeres utilizaban Instagram frente a 44% de los hombres.
Algunas investigaciones sobre selfies han encontrado asimismo que las mujeres tienden más que los hombres a tomarlas, compartirlas, editarlas y utilizar filtros, y que estas prácticas disminuyen con la edad. Un estudio con 3,763 usuarios noruegos encontró precisamente ese patrón.
Pero de ahí no puede concluirse que estemos ante una conducta esencialmente femenina ni exclusivamente juvenil. Las diferencias dependen de la plataforma, el contexto cultural y el tipo de práctica. Además, un metaanálisis sobre Fear of Missing Out (FOMO) —el temor a quedar fuera de aquello que otros hacen— encontró asociaciones consistentes entre este fenómeno y el uso de redes sociales, pero esas relaciones no variaban significativamente según edad o sexo.
Más que una rareza generacional, parece tratarse de una transformación más amplia en la manera de relacionarnos con los demás y con nuestra propia imagen.
El presente que ya nace para ser contado
Quizá la pregunta adecuada no sea entonces si los teléfonos inteligentes nos impiden vivir.
La evidencia no permite afirmarlo de manera tan simple.
Una fotografía puede intensificar nuestro modo de ver el mundo, preservar un recuerdo o permitirnos compartir una experiencia con alguien que queremos. El problema, si queremos llamarlo así, aparece cuando la posibilidad de mostrar una experiencia empieza a organizar la manera en que la vivimos.
Entonces ocurre algo extraordinariamente contemporáneo: el presente comienza a experimentarse parcialmente desde el futuro. Mientras estamos frente al mar pensamos en la fotografía. Mientras ocurre el concierto pensamos en el video. Mientras llega el postre imaginamos la publicación. Mientras vivimos algo comenzamos, simultáneamente, a editar su recuerdo.
Nunca habíamos dispuesto de tantos medios para conservar nuestra vida. Pero tampoco habíamos tenido una audiencia potencial acompañá