San Francisco Tlalcilalcalpan honra sus raíces en el Día del Atole 

 San Francisco Tlalcilalcalpan honra sus raíces en el Día del Atole 

Por: Janette López

En las vísperas de la festividad de la Santa Cruz, la comunidad de San Francisco Tlalcilalcalpan reafirma su identidad a través de una de sus tradiciones más representativas, el Día del Atole.

Desde temprana hora, en el molino se anuncia el inicio de una jornada familiar, las personas acuden a moler su maíz para tener su masa y su pinole, mientras en casa se alistan los demás ingredientes, piloncillo, chocolate, frutas como guayaba, zarzamora, ciruelas rojas, que darán sabor al atole. No es solo cocinar, es recrear una herencia que pasa de generación en generación.

A la par, se vive otro acto igual de significativo, la elaboración de los tradicionales carritos. Se trata de carretillas que llevan encima una estructura de ramas de árbol llorón en forma de cucurucho, adornados con globos de colores y coronados por una cruz decorada en la parte más alta, en alusión directa a la Santa Cruz, motivo central de la celebración. Cada detalle cuenta, cada adorno refleja creatividad y un toque familiar o de amistad.

El valor de estos carritos radica en su significado, una tradición que permiten a niñas, niños y jóvenes, adultos apropiarse de sus costumbres y evitar que se pierdan frente al paso del tiempo.

En años recientes, las autoridades auxiliares en colaboración con la parroquia, han organizado concursos que han impulsado este rescate cultural, premiando no solo la creatividad, sino el compromiso con la identidad comunitaria.

Finalmente al caer la noche, el ambiente se vuelve aún más familiar, frente a los hogares se encienden fogatas y se comienza a saborear el atole recién hecho. Este y años anteriores, el grupo de la tercera edad «Siempre Jóvenes» regalan atole en el centro de la comunidad.

Los carritos, recorren las calles marcando el ritmo con su tambor y lanzando el grito que une a todos: “¡Saquen el atole!”. El sonido no solo anuncia su llegada, también convoca a la convivencia.

En medio del recorrido, se hace presente uno de los momentos más esperados, cuando dos carritos se encuentran frente a frente, entre risas y emoción, al grito de “¡choque, choque!”, las carretillas se enfrentan hasta que una termina vencida.

Así, entre el calor de las fogatas, el dulzor del atole y el eco del tambor, San Francisco Tlalcilalcalpan demuestra que las tradiciones no solo se celebran, se cuidan, se adaptan y se defienden como parte esencial de su identidad.

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