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Portarse bien ante la cámara: cuando el error ya no ocurre en privado
Por: Maria del Socorro Castañeda Díaz*
La escena se repite con variaciones. Alguien pierde el control, abusa de una posición de poder, insulta, agrede, amenaza, humilla o actúa como si las reglas fueran para los demás. Puede ocurrir en un restaurante, en una calle, en un club deportivo, en un centro comercial, frente a un policía, ante una trabajadora de seguridad o contra una persona que simplemente estaba haciendo su trabajo. Hasta hace no mucho tiempo, el episodio podía quedar reducido a quienes lo presenciaron directamente, pero hoy casi siempre hay un teléfono que permite inmortalizar y divulgar la escena, y cuando no lo hay, puede haber una cámara de vigilancia, una transmisión en vivo, una captura o una pantalla.
Este fenómeno puede leerse desde una tradición muy concreta: los estudios sobre vigilancia, reputación y vida pública. Michel Foucault explicó que la vigilancia no solo castiga: también disciplina, porque modifica la conducta de quienes saben que pueden ser observados. Más tarde, autores como Kevin Haggerty y Richard Ericson mostraron que la vigilancia contemporánea ya no depende de una sola torre de control, sino de un ensamblaje de cámaras, bases de datos, dispositivos, instituciones y usuarios. A ese panorama se suma la vigilancia lateral descrita por Mark Andrejevic: personas observando a otras personas, no solo desde el Estado o desde las empresas, sino desde la vida cotidiana. Dicho de manera sencilla, ya no nos mira únicamente el poder: nos miramos entre todos.
El caso reciente del alcalde de Metepec, Fernando Flores, se inscribe en esa lógica. Lo que pudo haber sido presentado como un conflicto privado o una intervención de autoridad quedó fijado en imágenes: un servidor público entrando a un club deportivo acompañado de escoltas armados, en una escena leída socialmente como exceso, prepotencia y abuso. Después vino la explicación, la disculpa pública y la disposición a colaborar con las autoridades, pero la secuencia ya estaba instalada: primero el video, luego la indignación, después la disculpa y finalmente el expediente reputacional.
Y ese orden en los hechos importa, pero además, la disculpa ya no aparece necesariamente como gesto moral espontáneo, sino como respuesta obligada ante la evidencia visual. La persona no solo pide perdón por lo ocurrido; también intenta recuperar el control de una imagen pública que ya empezó a circular fuera de su alcance. El testimonio digital altera la temporalidad del error: lo vuelve inmediato, reproducible y difícil de contener, y de igual forma, cambia la temporalidad y la autenticidad del arrepentimiento, porque llega únicamente después de que la conducta ya no puede negarse.
De personas a personajes virales
México ha construido un vocabulario propio para estos episodios. Lady y Lord funcionan como títulos irónicos de una nobleza degradada: nombran a quien actuó como si tuviera privilegios especiales y terminó convertido en personaje público por accidente. Las “Ladies de Polanco”, “Lady Profeco”, “Lady 100 pesos”, “Lord Café”, “Lady Racista” y muchos otros casos muestran una misma estructura narrativa: la persona es captada en una escena de abuso, clasismo, violencia verbal, torpeza o prepotencia, las redes la bautizan, el apodo resume el juicio, el video se convierte en prueba y la disculpa intenta cerrar un episodio que casi nunca concluye del todo.
Aquí resulta útil la idea de vigilantismo digital de Daniel Trottier. No se trata solo de que una conducta se vuelva visible, sino de que esa visibilidad se use como castigo. La exposición pública funciona como una manera informal de justicia: identifica, señala, ridiculiza y sanciona. A veces permite denunciar abusos reales; otras veces simplifica el hecho, descontextualiza a la persona y la convierte en emblema de aquello que se quiere condenar.
La razón es sencilla: en la cultura digital, la disculpa compite contra el archivo, esa prueba que permanece disponible y parece prácticamente imborrable. El perdón ocupa unos minutos, pero el video acusatorio puede circular durante años. Mientras una explicación intenta introducir matices, la viralidad prefiere escenas simples. Quien se disculpa busca decir “no soy solo eso”, pero el algoritmo responde “esto es lo que circula de ti”. Ahí está la trampa reputacional: el acto puede haber sido breve, pero la memoria digital lo expande y lo magnifica. Poco importa que la persona tenga una trayectoria previa, que el hecho admita contexto o que existan responsabilidades institucionales más complejas, porque la escena queda separada de su entorno y empieza a funcionar como emblema.
Debe quedar claro que mostrar en la red hechos reprobables puede ser una manera de denunciar agresiones, racismo, clasismo, corrupción, violencia de género, abuso policial o prepotencia de funcionarios que antes podían quedar impunes y en este sentido, la cámara ciudadana ha servido para equilibrar, al menos parcialmente, relaciones desiguales, pero el problema aparece cuando la vigilancia social deja de ser una herramienta de rendición de cuentas y se convierte en tribunal permanente, porque entonces ya no solo se documenta un hecho: se crea un personaje castigable.
La vigilancia lateral
Vivimos en un sistema con ojos y oídos por todos lados. No es únicamente el viejo modelo de vigilancia desde arriba, con cámaras del Estado o instituciones observando a la ciudadanía. También opera una vigilancia desde abajo, lo que Steve Mann, Jason Nolan y Barry Wellman llamaron sousveillance: la posibilidad de que personas comunes registren con sus propios dispositivos a quienes ejercen poder o actúan en espacios públicos. En principio, esta vigilancia desde abajo puede funcionar como contrapeso frente al abuso, pero en la práctica convive con otra forma más ambigua: la observación entre pares en la que cualquiera puede grabar, exhibir, compartir y juzgar a otra persona.
Por eso la vida pública se ha vuelto una superficie grabable. Personas observando a otras personas; empleados grabando a clientes; clientes grabando a empleados; vecinos grabando a vecinos; automovilistas grabando a otros automovilistas; usuarios esperando que una escena confirme lo que ya sospechan sobre el poder, la clase, el género, el racismo o la impunidad. Lo que antes podía ser un conflicto situado ahora puede convertirse en contenido, tendencia, meme, prueba, expediente y castigo.
En ese contexto, “portarse bien” deja de ser solo una expectativa ética o cívica. Se convierte en una estrategia de supervivencia reputacional. No insultes, porque te pueden grabar; no abuses, porque te pueden exhibir; no uses tu cargo, tu apellido, tu dinero o tu escolta como extensión de tu voluntad, porque alguien puede convertir esa escena en tendencia. La pregunta incómoda es si estamos aprendiendo a convivir mejor o simplemente tendemos a cuidar nuestra conducta hasta convertirla en una puesta en escena.
La diferencia no es menor. Una sociedad que se comporta mejor por convicción fortalece sus vínculos, pero una que lo hace por miedo a ser grabada puede volverse más prudente, pero no necesariamente más justa. En una sociedad donde cualquiera puede convertirse en Lady o Lord pueden disminuir ciertos abusos visibles, pero también pueden producirse formas nuevas de simulación, autocensura y cálculo. El problema no es que haya cámaras, sino que la vigilancia se vuelve el principal regulador de la vida social.
La disculpa como control de daños
Erving Goffman ayuda a entender por qué las disculpas públicas suelen fracasar. Para Goffman, la vida social está hecha de presentaciones de sí: actuamos frente a otros, cuidamos una imagen, sostenemos una versión pública de lo que somos. Cuando esa imagen se rompe, aparece el trabajo de reparación. La disculpa intenta recomponer la “cara” pública de quien quedó expuesto, pero en la cultura digital esa reparación tiene un problema: llega ante una audiencia ampliada, fragmentada y muchas veces poco dispuesta a aceptar matices.
El ciclo de las disculpas públicas revela esa tensión. Hoy disculparse no siempre repara, a veces solo confirma que la persona fue derrotada por la evidencia. La fórmula se ha desgastado: “ofrezco una sincera disculpa”, “no representa quien soy”, “estoy aprendiendo”, “fue un error” o “lamento lo ocurrido” son frases que buscan humanizar a quien ya fue reducido a meme, pero llegan a un espacio saturado de sospecha. La audiencia rara vez escucha la disculpa como reparación y más bien la lee como meras frases de circunstancia.
Por eso la lección no debería reducirse a “hay que portarnos bien porque nos pueden grabar”. Esa conclusión es pobre y casi disciplinaria. La lección más profunda es que la reputación contemporánea depende de un sistema de visibilidad que mezcla denuncia legítima, castigo simbólico, espectáculo, memoria digital y deseo colectivo de sanción.
Cuando nadie nos está mirando
Quizá la pregunta central ya no sea si debemos portarnos bien cuando alguien nos mira, porque en realidad eso es obvio. La pregunta es qué tipo de sociedad estamos construyendo cuando necesitamos una cámara como testigo de cargo para recordar que las demás personas no son inferiores, que un cargo público no autoriza la soberbia, que una trabajadora no merece humillación, que un policía no debe recibir insultos racistas, que ninguna posición social coloca a alguien por encima de las reglas.
Si la vigilancia nos obliga a comportarnos mejor, algo revela sobre nuestras fallas previas. Pero si solo nos enseña a no ser captados en el momento equivocado, entonces no estamos ante una ética pública renovada, sino ante una administración más cuidadosa de la apariencia. Entre una cosa y otra se juega buena parte de la vida social contemporánea: no solo cómo actuamos, sino qué somos capaces de hacer cuando creemos que nadie nos está mirando.