NO LO HABRÍA LOGRADO SIN TI

 NO LO HABRÍA LOGRADO SIN TI

(UNA HISTORIA VERDADERA)

Jamás se refirió a sí mismo como vendedor de seguros. Aunque eso es justo lo que era. Prefería proclamarse “asesor financiero”, en los días previos a la democratización de eufemismos laborales.

Diré también, y en esto no puedo ser más enfático; para asunto de quien sepa verlo. Su comportamiento y estrategias fueron siempre de mayor estatura al común. Depuradas por práctica y tiempo. Me tocó ver esa evolución.

Meisterstück en el bolsillo, para firmar y escribir. Cuaderno de notas de la misma marca, todo un atentado para las tendencias actuales en perpetua búsqueda de la mejor relación costo-beneficio. El pret a porter, llevado hasta la ridiculez.

A él, parecía no importarle. Yo, no le comprendía. “Una pluma de plástico, sirve para lo mismo que una de oro”, recuerdo haber mencionado. – Eso depende del valor que te asignas, y a lo que escribes-, respondió.

Explicación similar fue dada, el día que lo acompañé a comprar un nuevo portafolio. Resultó ser un Salvatore de costo irracional, sobre todo cuando no se tiene. Ante mi asombro ofendido disfrazado de pregunta, dijo: “Al abrirlo frente a mis clientes, los primero que ven, es el escudo”. Que debo mencionar, era piccolino, casi inidentificable, hasta entonces.

Mi rostro de neófito, lo obligó de buena gana a abundar en el argumento. Pero ese es tema de otro escrito.

Años después, ocupando una posición diferente, recordamos esa anécdota, que no es el tema de hoy; sino otra. Dirán que la fortuna le sonrió, es falso. Lo vi construyéndosela.

Ahí va la historia…

Automóvil bávaro asomado a la vitrina. Él, manejando lo que se podía, en las condiciones que fueran. Entró envuelto en aquel traje de poliéster, cuya vida fue extendida vez tras vez, con zurcidos invisibles; hasta dejar de serlo.

Pregunta al primer vendedor que cruza el camino, con la ingenuidad de quien sólo pretende saber el costo de lo inalcanzable. Respuesta única y desdeñosa, folleto ilustrado en mano, acompañado de un hastiado: “regrese cuando pueda pagarlo”.

En aquel punto, dio inicio la metamorfosis. Salió en silencio, llegó a casa, recortó la imagen de semejante belleza, la colgó en el refri. Ahí lo vio cada mañana durante cinco años, mientras tanto, estudiaba a sus prospectos con disciplina paranoico esquizoide. Hábitos, lugares, tiempos, espacios. Hasta hacerlos firmar, uno tras otro, seguro de vida, gastos médicos, casa y lo que se acumulara.

Ganó en ingresos, rango, prestigio. Al inicio del sexto año, justo después de las fiestas, llegó a la agencia. Solicitó tratar con el gerente, quien le extendió la mano, extrañado de semejante petición. -¿Cuánto cuesta este coche?- dijo con la seguridad propia de quienes van superando adversidades.

Le dieron el costo, aunque no lo escribo, porque es de mal gusto y pésima educación. El punto es que mi amigo, el asesor, sacó la cantidad  exacta del conocido portafolio; preguntando por cortesía si era correcto. Vistazo rápido, sonrisa del gerente, acostumbrado a transacciones similares.

  • Es correcto, señor -.

Mi amigo, solicitó le enviaran el cochecito teutón a su trabajo. Con un requerimiento especial. Que un vendedor en específico lo llevase, seguro saben quién.

Así fue hecho.

El encargado del traslado, llegó al punto en el momento indicado. Entregó el coche, explicó detalles finos. Mi amigo asesor, preguntó mirándolo a los ojos, -¿Me recuerdas?-

  • No, señor -.

Hace  años, me diste este folleto. Mirada al instante transformada y expectante en el destinatario. Pero mi amigo, ya era alguien más, algo más. Una persona de altura y talante distintos. En lugar de la típica y vulgar reacción esperada, sacó el folleto. Lo entregó, junto con este, un sobre sellado. Dentro, la cantidad acostumbrada más un pequeño extra.

Sonriendo, estrechó su mano, sonriendo al tiempo que decía: “Esto es para ti, junto con mi agradecimiento. Si no fuera por ti, nunca lo habría logrado”.

Aquella lección, aún sin vivirla, me cambió la vida.

Shayd Santillán.

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