RESCATAN A 11 ANIMALES DURANTE CATEO POR PRESUNTO MALTRATO EN TOLUCA
MUJERES Y LIDERAZGO, NO COMBINAN.
(UN TEXTO SOBRE DISCRIMINACIÓN Y SEXISMO)
Si es joven, “no tiene experiencia”. Si es mayor, “ya está vieja”. Si tiene hijos, “es una mala madre, ¿cómo es posible que ande de revoltosa en lugar de cuidarlos?”. Si no los tiene, “¿cómo desea un puesto de dirección, si ni siquiera sabe lo que es tener hijos?”.
Si es soltera, “primero que busque marido”. Si es casada, “que mejor atienda a su esposo”. Si es divorciada, “no pudo salvar su matrimonio, y ya quiere ser candidata”. Si vive en unión libre, “qué cinismo, una afrenta a la familia”. Si es viuda, “pobrecita, mejor que se quede en casa. Seguro tiene familiares que la cuiden”.
Las mujeres en puestos de representación popular, altos cargos en la administración pública y privada, y en todo caso mujeres poderosas; son una excepción. Toleradas siempre que no sean demasiadas. En cambio los hombres son la costumbre, lo aceptado y “normal”.
La explicación es de lo más fácil:
“Porque son más sensatos”.
“Son menos emocionales”.
“Tienen más experiencia”.
Esto último, sin duda es verdad. Aunque nadie reflexiona que lo es, en la medida que las estructuras de poder fueron diseñadas, creadas, sostenidas, mejoradas y manejadas durante siglos, por hombres. En estos espacios, varones conversan, argumentan, pelean, negocian, concilian y pactan acuerdos con varones.
Hombres legislan para hombres.
Porque en todo caso, no parece lógico que una asociación patronal, busque la creación de leyes que beneficien a los sindicatos. ¿O sí?
Del mismo modo, los hombres buscan promover los propios intereses, es totalmente legítimo. Entonces, ¿hay que esperar que un grupo de hombres poderosos, privilegiados, actúen en favor de un colectivo distinto a ellos?
¿Estarán de acuerdo en que las mujeres accedan a espacios que ellos han edificado para sí mismos?
Basta con mirar la forma en que se han hecho las cosas, para responder esta pregunta.
Sin embargo, este no es el problema de fondo. Porque en un sistema democrático, las mujeres preparadas, organizadas, van conquistando lugares, ganando sitios de decisión. No es ni remotamente fácil, tienen que contender en desventaja, con reglas que fueron hechas para beneficio de otros. Una vez alcanzando sus metas, son sujetas a un escrutinio detallado, incomparable con el que experimentan los hombres.
Se les exigirá el doble, para ser reconocidas a la mitad. “Mira, quién lo hubiera creído. Sí pudo con el paquete”.
Pero, siempre ha funcionado así. El poder no se pide, se toma. Quienes lo han ostentado desde hace tanto, seguro que no lo van a renunciar sólo porque es lo correcto, o por buena voluntad. Así las cosas. En esta lucha, todos salimos ganando. Porque llegan los mejores, los que cumplen con trabajo, lo que prometen.
Eso les corresponde a ellas, y a decir verdad lo hacen muy bien.
Van a lograrlo.
El verdadero asunto es la mismísima forma en que se observa a las mujeres que gobiernan o buscan hacerlo. Baste un ejemplo, ¿alguna vez le han preguntado a un alto funcionario, jefe de Estado, CEO de alguna transnacional, candidato varón, si sus compromisos familiares interfieren con sus obligaciones laborales?
Obviamente, no. A descargo de que en los hechos suceda en ambos sentidos.
Porque se admite de forma tácita, que los cargos de responsabilidad y dirección, son masculinos. Lo anterior sucede incluso en lugares que promueven la inclusión y diversidad, como las escuelas. Donde todavía perviven estereotipos casi inamovibles. Si se nos pide imaginar una persona encargada del trabajo frente a grupo, nuestra mente nos llevará a una maestra.
Bata y manzanita incluidas.
En cambio, si nos solicitan pensar en alguien que ocupe una posición de dirección o supervisión, ¿en quién pensaremos?
A tal grado llega esta misoginia histórica intergeneracional, que al hablar de hombres públicos y mujeres públicas. La referencia lleva a profesiones diferentes. La existencia de mujeres poderosas, parece devenir desafío flagrante e imperdonable para una serie de construcciones sociales que se niegan a admitirles, no por necedad inmóvil.
Sino porque en su origen, ni siquiera fueron consideradas como individuos emancipados, independientes, autónomos. Las mujeres y su actuar libre de tutelas, choca con la invisibilización, sometimiento, cosificación que realiza un orden social, que segrega en razón de género.
Incluso el desencanto generalizado hacia las figuras políticas y de mando, es diferenciado. Cuando se critica a un líder hombre, se comentan sus escasos resultados vs expectativas, incapacidad, deshonestidad, falta de probidad.
Cuando a una mujer en posición equivalente se le critica, es por el mismo hecho de ser mujer. Es insultada por ser mujer, haciendo incluso referencias físicas o personales directas, que nada tienen que ver con su desempeño en cargo alguno. Que quede claro, a un hombre no se le amenaza con violarlo. Ni siquiera se menciona su aspecto físico.
En última instancia, las mujeres que deciden exponerse al escrutinio que demandan los cargos públicos o de jefatura, saben que su sexualidad es tema de conversación, debate, denostación. Porque miradas, cotilleos, insinuaciones, comentarios ofensivos y bromas que nunca lo son, siguen sucediendo a sus espaldas y frente a ellas. Una especie de mal necesario que está muy mal, pero de ningún modo es necesario, normal o aceptable.
Se trata de una minimización sistemática, disciplinada, permanente, progresiva e intencional, de la mujer que actúa en situaciones de liderazgo. Escapando a lo laboral, llegando hasta la esfera privada.
Si un varón se muestra impasible ante la adversidad, entonces es alguien centrado, transmite certeza, seguridad en su aplomo.
Emana autoridad.
Una mujer así, es insensible.
Las iniciativas formales que promueven paridad, poco pueden hacer cuando la mayoría de los acuerdos ocurren “en cortito”, “entre amigos”. Porque incluso cuando se trata de adversarios, hay asuntos unánimes, que no están sujetos a discusión, menos a modificación.
Un pacto patriarcal.
Lo dicho, traje confeccionado a la medida de lo masculino, con rituales masculinos. Por fortuna para las mujeres y en realidad cada uno de nosotros. Porque en esto de la equidad, todo avance lo es de todos, y todo retroceso también. Existe una generación de lideresas, que desde su esfera de competencia, van acorralando estas alianzas perjudiciales, anacrónicas, obsoletas, cómplices. Para decirlo con todas sus letras: Cobardes.
Que no pueden pervivir más.
Aquí cabe una reflexión para nosotros, que tanto gustamos de enfatizar dimensiones. ¿Es tan pequeña nuestra hombría, tan grande nuestra inseguridad? ¿Necesitamos escondernos al amparo de nuestros “pactos de caballeros”, para sentirnos a resguardo de nuestras inseguridades?
Algunos diremos, no.
A nosotros, no nos disminuye en nada la existencia de #MujeresAlFrente
Todo lo contrario.
Y somos cada vez más.
Shayd Santillán.
