La burla en redes que revictimiza

 La burla en redes que revictimiza

Conectados y enredados

Por: Maria del Socorro Castañeda Díaz*

En octubre de 2026, el caso del llamado “estafador de Bumble” llamó la atención de algunos medios mexicanos. Alfonso “N” compareció ante un juez después de ser señalado por al menos quince mujeres que aseguran haber sido engañadas mediante relaciones sentimentales iniciadas en la mencionada aplicación de citas. Según sus testimonios, el hombre utilizaba identidades falsas, establecía vínculos afectivos y posteriormente solicitaba cantidades importantes de dinero que nunca devolvía. Una de las denunciantes, Paulina Montesinos, relató que perdió 168 mil pesos y que tuvo que esperar más de dos años para que su caso llegara ante un juez. El proceso judicial continúa y la responsabilidad penal del acusado aún debe determinarse.

La noticia provocó numerosas reacciones en redes sociales. Entre ellas, comentarios que, más que cuestionar la conducta del presunto defraudador, se concentraron en ridiculizar a las mujeres que denunciaron los hechos. “Jajaja quien le da dinero a un desconocido en menos de un mes??”, escribió una persona. Otra expresó: “No puedo evitar la risa …perdón! Chicas hay q querernos mas x favor!”. Hubo quien consideró increíble que una mujer adulta hubiera caído en el engaño y también quien la llamó “mensa”, acompañando el insulto con una insinuación sexual.

Lo interesante de estas reacciones es que desplazan el centro de la discusión. En lugar de preguntarse cómo una persona consigue construir relaciones de confianza para obtener dinero mediante engaños, la atención se dirige hacia las decisiones de quienes afirman haber sido defraudadas. La pregunta deja de ser qué hizo el presunto responsable y se convierte en qué les faltó a ellas para reconocerlo.

El amor propio como reproche

Entre los comentarios más reveladores están aquellos que presentan el amor propio como una explicación suficiente de lo ocurrido. La idea parece sencilla: una mujer que se quiere, que tiene autoestima y que sabe estar sola, no permitiría que alguien la engañara de esa manera. Desde esta perspectiva, haber confiado en una persona y haberle prestado dinero se interpreta como una señal de dependencia emocional o de necesidad afectiva.

El problema es que esta explicación convierte una experiencia compleja en un juicio sobre el valor personal de las mujeres. La autoestima se transforma en una especie de garantía contra el engaño, como si las personas seguras de sí mismas fueran inmunes a la manipulación. Se pasa por alto que las relaciones humanas se construyen precisamente mediante la confianza y que esta puede ser utilizada deliberadamente para obtener beneficios.

Por supuesto, es razonable recomendar prudencia al establecer relaciones con personas recién conocidas y, especialmente, al comprometer recursos económicos. Sin embargo, reconocer que una decisión puede haber sido arriesgada no equivale a responsabilizar a quien la tomó por las acciones fraudulentas de otra persona y además, es posible advertir sobre un riesgo sin humillar a quien lo ha experimentado.

Resulta particularmente significativo que parte de estos juicios provengan de perfiles con nombres e imágenes femeninos. Aunque en realidad no es posible verificar quién está detrás de cada cuenta, las reacciones invitan a cuestionar la idea de que las mujeres necesariamente muestran solidaridad ante las experiencias de otras, porque las normas sociales que exigen determinados comportamientos femeninos, también pueden ser reproducidas por quienes están sujetas a ellas.

Aquí aparece una contradicción importante. Durante años, el discurso del empoderamiento ha insistido en la necesidad de que las mujeres sean independientes, tomen sus propias decisiones y fortalezcan su autoestima, pero esos mismos principios pueden convertirse en exigencias utilizadas para juzgarlas cuando sus decisiones tienen consecuencias negativas. El amor propio deja entonces de ser una herramienta para fortalecer la autonomía y se transforma en un requisito que las mujeres deben demostrar para merecer comprensión.

La ilusión de que a una nunca le pasaría

La psicología social ha estudiado un fenómeno relacionado con estas reacciones: la tendencia a creer que el mundo funciona de manera justa y que, por tanto, las personas reciben las consecuencias de sus decisiones. Esta creencia puede llevarnos a buscar errores en quienes sufren un daño porque resulta más tranquilizador imaginar que la desgracia pudo evitarse.

Cuando alguien comenta que jamás entregaría dinero a una persona recién conocida, puede estar expresando una precaución legítima. Pero cuando esa afirmación se acompaña de burlas, desprecio o insinuaciones sobre la inteligencia de quien denuncia, adquiere otro significado y establece una distancia moral entre quien observa y quien ha sufrido el engaño: la primera se presenta como prudente, inteligente y emocionalmente autosuficiente; la segunda queda definida por su supuesta ingenuidad.

Esta distancia ofrece una sensación de seguridad. Si pensamos que determinadas experiencias solamente les ocurren a quienes carecen de criterio, podemos convencernos de que estamos a salvo. Sin embargo, la manipulación afectiva no opera exclusivamente sobre personas consideradas vulnerables. Puede aprovechar circunstancias muy distintas, desde la confianza construida en una relación hasta la disposición a ayudar a alguien por quien se siente afecto.

Cuando la burla encuentra aprobación

Las plataformas digitales añaden otra dimensión. Dos de los comentarios que ridiculizaban a la denunciante acumulaban, al momento de las capturas, aproximadamente 2,100 y 1,200 reacciones positivas. Estas cifras no representan la opinión de la mayoría, pero muestran que la burla encuentra respaldo y circulación. Las redes sociales digitales permiten que un juicio personal se convierta en una expresión pública de aprobación o rechazo, en la que otras personas participan mediante comentarios, emojis y reacciones.

También hubo respuestas que cuestionaron las descalificaciones y exigieron empatía. Esta diversidad es importante porque muestra que los espacios digitales son escenarios de confrontación entre distintas maneras de entender la responsabilidad, la autonomía y el trato que merecen quienes denuncian un daño.

De la denuncia a la revictimización

La revictimización puede aparecer precisamente en ese segundo momento, cuando una persona que ha denunciado un perjuicio enfrenta nuevas formas de descrédito, humillación o culpabilización. En el caso analizado, la exposición pública de las denunciantes abre una discusión que ya no gira solamente en torno a las acusaciones de fraude, sino también alrededor de su inteligencia, sus necesidades afectivas y sus decisiones íntimas.

En las redes sociales, una denuncia puede convertirse rápidamente en un juicio público sobre las decisiones de quien la presenta. Es legítimo discutir los riesgos de prestar dinero a alguien recién conocido, pero otra cosa es convertir esa decisión en una justificación del engaño. Cuando los comentarios que ridiculizan a una mujer reciben cientos o miles de reacciones, la burla adquiere respaldo colectivo y desplaza la atención de la conducta denunciada hacia la supuesta ingenuidad de quien la sufrió. Incluso las recomendaciones sobre el amor propio, presentadas como consejos bienintencionados, pueden convertirse en una forma de culpabilización.

Detrás de estas reacciones aparece una exigencia difícil de cumplir: las mujeres deben anticipar los riesgos, ser independientes sin mostrar necesidades afectivas y reconocer una manipulación antes de que ocurra. Que algunas mujeres reproduzcan estos juicios revela hasta qué punto esas expectativas forman parte de las normas sociales que ellas mismas han aprendido. Las redes ofrecen un espacio donde estos reproches circulan, encuentran aprobación y adquieren visibilidad. Así, quien denuncia un engaño termina expuesta a un segundo juicio, esta vez ante una audiencia que se siente autorizada a evaluar su inteligencia, sus decisiones y hasta su capacidad de quererse a sí misma. La pregunta es por qué resulta tan fácil solidarizarse con quienes se burlan y tan difícil hacerlo con quien ha sufrido el daño.

Frente a una denuncia, siempre será posible preguntarse qué precauciones pudieron tomarse. Pero una sociedad que responde con risas al relato de una persona engañada también tendría que preguntarse qué gana convirtiendo el sufrimiento ajeno en motivo de entretenimiento.

 

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