LA BURBUJA NO ESTÁ EN EL DISCURSO, ESTÁ EN LA MESA DE CONTROL

Lo obvio, lo cierto y lo cuestionable.
Por: Martín García.
Llegar temprano, registrarse y esperar turno no es una cortesía: es el procedimiento. Así funciona —o debería funcionar— una conferencia semanal que presume apertura, diálogo y cercanía con la prensa. Ese día llegué primero. No había nadie del área de Comunicación Social. Esperé casi media hora. Cuando finalmente llegó quien registraba, ya había otro compañero. Se nos dijo que había cuatro pendientes de la conferencia anterior y que solo habría una pregunta por reportero, breve. Todo era razonable. Profesional, incluso.
Las preguntas comenzaron. Todo avanzaba con normalidad hasta que el presidente anunció, en tono de broma, que habría una última pregunta porque tenía una carnita asada. La última pregunta no fue para quien llegó primero, sino para quien se registró después.
Ahí empezó el problema.
Preguntar por qué te brincan no es un acto de rebeldía; es un reclamo legítimo. Acercarme a quien daba la palabra terminó en un gesto innecesario: manos extendidas a la altura del pecho, bloqueo físico del paso y una frase que sobra en cualquier espacio institucional: “¿A dónde cree que va?” Eso no es orden, es trato autoritario. Señalarlo no es exagerar; es defender el espacio personal y el respeto mínimo.
Cuando preguntas por qué te sacaron de la lista y la respuesta es “no”, sin explicación, sin argumento, queda claro que no se trató de un error. Fue una decisión. Y cuando te dicen “pues a ver, dile”, el mensaje es todavía más claro: aquí se manda desde abajo… pero se obedece hacia arriba.
El presidente notó la incomodidad. Dijo que me veía ansioso, que el espacio era para todos, que podía preguntar. La jefa de prensa ironizó: “seguramente su pregunta es muy importante”. Respondí lo obvio: todas lo son. El presidente habló de formas. Yo ya las había cumplido. Quien no lo hizo fue su equipo.
Pregunté lo que debía preguntar: cómo evita un gobernante perder contacto con la realidad cuando el discurso oficial choca con la calle. Puse ejemplos concretos: agua, seguridad. Casos reales. El tema de seguridad fue bateado. La respuesta fue el guion de siempre: caminar calles, centros de control, escritorio conectado a la ciudad.
Pero la respuesta más clara no la dio el presidente. La dio su área de Comunicación Social. Cuando una funcionaria decide qué preguntas son válidas y cuáles no, la burbuja ya está instalada. Cuando alguien de bajo rango se siente con el poder de filtrar, minimizar y descalificar, el problema no es de agenda: es de cultura política.
No fue un malentendido. Fue una práctica. Y cuando se repite, deja de ser casualidad.
Lo obvio…
Que existe una contradicción entre el discurso de apertura del gobierno municipal y la forma en que se controla, filtra y administra la participación de la prensa en las conferencias.
Lo cierto…
Yo fui el primer reportero en llegar y registrarme ese día, y aun así fui brincado en la lista para preguntas. Ese hecho es verificable por tiempos, registros y testigos.
Lo cuestionable…
Que una funcionaria del área de Comunicación Social actúe como filtro de “importancia” de las preguntas, invada el espacio personal de un reportero y adopte una actitud prepotente, mientras el discurso oficial presume cercanía, pluralidad y respeto a la prensa, bajo la administración del presidente municipal Ricardo Moreno Bastida.
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