ENSAYO SOBRE MI CEGUERA

 ENSAYO SOBRE MI CEGUERA

(UN TEXTO SOBRE AJUSTES RAZONABLES EN PRIMERA PERSONA)

O habría que precisar, sobre mi discapacidad visual. Que me queda claro, si vale la expresión idiomática. Que determina la forma de vida de quien existe con ella, es el caso de quien escribe. Puedo decir con total seguridad que mi discapacidad visual, si se me permite llamarle así, aunque de manera equívoca. Pues se trata de nada más debilidad visual; consistente en un severo astigmatismo combinado con miopía. No nada más ha sido un factor decisivo en la forma en cómo concibo el mundo y me relaciono con él. Sino que es origen de miedos infantiles que pervivieron hasta bien entrada la edad adulta, atemperados con reflexiones personales y pruebas autoimpuestas, superadas a lo largo de los años.

O sin superar.

El diagnóstico ocurrió como muchas cosas en este lado del mundo, por accidente. A escasos cuatro, cinco años, un familiar hizo notar a mis padres que me acercaba mucho al televisor. El resultado fue un bonito armazón azul de plástico y gruesos cristales, que vieron un final prematuro, casi inmediato en aquellas pequeñas manos. En una época en que el policarbonato que se oscurece a la luz del sol, con filtro azul para los usuarios de computadora, tratamiento anti ralladuras, resistente a impactos y caídas; o las terminales ajustables al tamaño del rostro, no eran siquiera un sueño.

Además, sueño prohibitivo. Porque eran tan caros que una familia de ingresos escasos, como la mía, ni de lejos podía permitirse la compra de repuestos inmediatos a la destrucción no programada de lentes infantiles. Luego vendrían los maravillosos goggles para deporte. Pero habrían de pasar muchas quincenas para eso.

Ante el primer accidente, mamá fue enfática. La familia no podía permitirse ninguna tragedia visual más. Así que concluí en mi mente infantil, que había que mantenerse bien quietecito, sin jugar para que no fueran a caerse otra vez. Convicción aderezada con instrucciones precisas de cuidar además los zapatos ortopédicos y uniforme escolar, que baratos tampoco eran. Consciente como siempre fui de la situación en casa, decidí que una buena forma de ayudar era conservando mis instrumentos de trabajo tanto tiempo y tan intactos como fuera posible.

Ante los juegos y deportes de equipo, rechazar de manera amable cada invitación. Hasta que las invitaciones dejaron de ocurrir. Sentado y callado, no tardé en desarrollar la clase más profunda de ensimismamiento ausente que pueda alguien imaginarse. Confundido con actitud antisocial, nada más fuera de la realidad. Antisocial me volví después. Empecé a elaborar mundos inexistentes en los que por supuesto, era protagonista, antagonista, personaje secundario, eventual y hasta roca tres. Ayudado por imaginarios construidos con base en lecturas sistemáticas sobre animales extintos, países, coches, viajes y viajeros de toda época y lugar.

El peso corporal, ante la inactividad subió, junto con la inexistente coordinación fina. Que pervive hasta ahora. Al  mismo tiempo que se elevaban las burlas de los compañeritos de clase. Acoso escolar, le dicen ahora. Hay que admitir que era el candidato ideal: Lento de reacciones, torpe de movimientos, con nulidad de valor a la hora de elegir compañeros de travesuras y  juegos. Además de medio nerd sentimentaloide.

Todo un caso.

Y aparte, “cuatro ojos”.

Ni cómo ayudar.

A cambio hay que decir, desarrollé una enorme capacidad de observación, más un par de talentos adicionales, que con el tiempo resultaron ser útiles. Bastante después, los primeros 15 años fueron… olvidables, y al mismo tiempo difíciles de olvidar. Pasa que quienes sufrimos abuso persistente, desarrollamos la capacidad de comprender lo que siente la parte débil de las relaciones de poder. Y relaciones de poder hay hasta en la sopa, al punto que nos volvemos empáticos, o lo contrario. Intolerantes ante las flaquezas ajenas, cuando hemos sido capaces de superar las propias.

Al menos en teoría, porque quien supera, entiende.

Ser determinado en tu vida, desde niño por limitaciones físicas personales, circunstancias económicas familiares y de contexto, es un asunto complicado cuando se es tan joven. El rechazo constante, incluyendo el de los primeros amores adolescentes, va dejando saldos de los que se es muy consciente. Así que por ahí de los 15, decidí hacer mi parte; vencer limitaciones corporales. De la mano de la compra de lentes más resistentes, flexibles y foto grey (juro que así se llamaba el primer tratamiento de oscurecimiento progresivo para lentes). Se pagó la mensualidad del gimnasio, pues para entonces en casa la situación ya no era tan desesperada. Y entré en contacto por primera vez de manera seria con el Tae Kwon Do.

La vida cambió, de pronto me sentí capaz de algo muy importante. Aunque poco correcto en estos tiempos de suavidad bonachona: Repeler de forma contundente agresiones físicas.  Ese descubrimiento y la sensación que le acompaña, no se han ido de mí hasta hoy. Resulta que, como manda el sentido común, no puedes pelear con gafas. Algo que para mí es imposible, las necesito hasta para buscar las mismas gafas que dejé la noche anterior en un lugar olvidado. Es cosa de cada mañana, mi enojo por no ser capaz de encontrar lo que se supone dejé al alcance para no enojarme.

Frustrante.

Entonces, para poder entrar a combates deportivos, opté por la siguiente alternativa: mirar el panorama general de mis oponentes, ignorar rostro; pues mis rivales nunca lo tuvieron. Lo que me daba calma, no podía observar su mirada amenazante. Y en cambio, fijarme en señales, un movimiento en su ropa, cambios de postura, balanceos de guardia que me anunciaran las intenciones de cómo y dónde atacarían. Ligero avance con el pie y brazo izquierdos, igual a finta. Respuesta, patada circular derecha. Movimiento ligero hacia atrás con pierna derecha, igual a preparación para patada circular. Respuesta, retroceder, paso a la izquierda, responder con pierna izquierda o giro recto con pierna derecha. Y así todo un recetario de posibles ataques y contraataques diseñados por alguien que en primer lugar ni siquiera debería estar en el área de combate.

No me fue nada mal, confieso que ganar es la mejor sensación del mundo. Pero ganar en deportes de contacto, es todavía mejor. En esta afirmación cohabita un verdadero componente de revancha con el mundo y bravucones infantiles, con los que se desea sin aceptarlo en público, encontrarse cara a cara en esta nueva realidad de vida. Feo, pero cierto. Hay que admitir, que ganar se vuelve un estilo de vida, remoto e incomprensible para una mayoría que vive y sobrevive de aceptar condiciones impuestas desde el exterior.

Allá ellos, eso no se me da.

Punto.

Ya lo viví demasiado, no es agradable.

La incapacidad de moverme, a consecuencia de mi insolvencia visual. Sumada a la imposibilidad de pagar anteojos nuevos cada vez que se rompen. Me convirtió en una persona solitaria, pero ávida lectora. Demasiado para mis escasos años, vicio positivo del que no he podido deprenderme ya en vida adulta. Pero pasa que trabajando en docencia, ese hábito ñoñísimo, se transformó en la más improbable de las fortalezas. Encuentro respuestas insospechadas con tan solo hurgar en los archivos cerebrales más remotos.

Décadas después, reconciliado con la anatomía que tocó, y defectos de fabricación con los que se ha aprendido a vivir. Miro lo que sucede en términos de inclusión, sin dejar el asombro de lo tanto y mucho que han cambiado las cosas. El sistema educativo mexicano se encuentra en una etapa de desarrollo muy por debajo, ya no digamos de países industrializados. Incluso de naciones hermanas como Cuba, Chile, España o Argentina. Que estando lejos de ser referentes, nos llevan un buen tramo de recorrido. Pero empieza a darse una corriente de opinión con respecto a la trascendencia de los recursos a desarrollar en la atención a personas con discapacidad.

En este caso, con relación al campo visual.

Pienso que el siguiente niño, cuyos padres observen frente al monitor, demasiado cerca. Tendrá una historia de vida en la que el empirismo ha sido vencido por estudio sistemático, progresivo. Conocimiento puesto al servicio de la calidad de vida de quienes necesitan ver mejor.

Porque sé que ver mejor es vivir mejor.

Comentarios
Contenido Relacionado
SOLA

Se miraba y sentía, bajo el peso de una maternidad sin apoyo, auxilio, solidaridad o siquiera compañía testimonial; más bien Leer más...

PRACTICIDAD GNÓSTICA, ECONOMÍA ESTOICA PARA EL TRATO CON NECIOS

¡Silencio! Guarda tu lengua bífida detrás de tus dientes, no he pasado por el fuego y la muerte para discutir Leer más...

CORTE DE CAJA

Le conocí hace cosa de veinte años, debo admitir, conforme se van cumpliendo los plazos encuentro cada vez más molesta Leer más...

Redacción