ENTRE ALFEÑIQUE, CEMPASÚCHIL Y TRADICIÓN, TOLUCA LEVANTA EL TELÓN DE SU FIESTA MÁS DULCE
EL BUQUE DE LA FELICIDAD
UN CUENTO SOBRE LA INEPTITUD DEL CAPITÁN
El barco navegaba a oscuras, en mitad de un océano imprevisible y desconocido. Algunos marineros expertos, alcanzaron a observar la amenazante espiral de un gigantesco remolino marino. Tan grande, que era capaz de engullir el navío completo.
¡Maelstrom! Gritaron.
De inmediato llamaron al capitán, un individuo que tras casi veinte años de buscar el mando de una nave, finalmente había logrado su más grande anhelo: Ostentar el mayor rango, en la mar.
Durante todo ese tiempo, se dedicó sin cesar a decir que él, sería el mejor capitán del mundo. Que el resto de los capitanes no nada más eran ineptos, descuidaban el barco y además que entre todos existía un perverso complot, cuya única finalidad era evitar que tomara el mando del buque. Porque seguramente sabían que se convertiría en el más grande de todos.
Los marinos se le aproximaron, era temprano en la mañana. Eso sí, era un hombre madrugador que gustaba de platicar con los pasajeros. Lo interrumpieron en su charla mañanera, misma en que contaba a quien quisiera escucharlo, sus proezas. Alguna de ellas, improbables.
La noticia espantó a los viajantes, pero de inmediato los calmó. Afirmó con una contundencia admirable, que todo estaría bien. Que no pasaría nada, que se abrazaran. Para evitar todo desastre bastaba con ser honesto, dijo que ser capitán no tenía gran ciencia. Era suficiente tener 90% de honestidad y 10% de preparación.
Convenció a muchos, mientras que aquellos que dudaban, eran acusados de ignorantes, ciegos o malintencionados. De estar al servicio de otros capitanes para echar a perder el viaje inaugural de este nuevo hombre al timón.
Hablaba, hablaba, parecía tener palabras para todo y todos. Incluso hay quienes pensaron que mientras pronunciaba una palabra, inventaba nuevas, nunca escuchadas. Dulces, reconfortantes, peligrosamente cómodas. Al mismo tiempo que el navío se acercaba a la catástrofe, el nuevo capitán declaraba:
“Se va a resolver”.
“Lo vamos a solucionar”.
“Los que estaban dañaron el timón, pero lo estamos arreglando, vamos a prevalecer. Vamos a vencer”.
Algunos oficiales lo aplaudían, otros lo vitoreaban. Él, declaraba: Ya casi llega la salida, mi contramaestre viajó a la cercanía del remolino y dice que no va a pasar nada. Lo rodearemos, misión cumplida.
Pocos marineros, comenzaron a preparar los botes salvavidas, debían proteger a todo aquel que pudieran salvar. Él, molesto, empezó a vociferar: “Dejen que se vayan, no los necesitamos. Estamos a punto de salvarnos”.
Todavía no terminaba de exponer esto, cuando el remolino se tragaba el barco. Pero nada importaba, porque todos en su interior estaban felices, felices, felices.
Shayd Santillán.
