DÍA INTERNACIONAL DE LA MUJER 2022

 DÍA INTERNACIONAL DE LA MUJER 2022

A quien me conoce por más de cinco minutos, le queda claro que mi vida entera está definida por las mujeres en casi todo sentido. Desde siempre he tenido una extraña fascinación por todo lo que tiene que ver con ustedes.  Enorme, pero contrastada por un entendimiento limitado.   Los mejores momentos de mi existencia han sido originados y acompañados de una mujer  y con mucho, los peores también.

A veces, pienso, se comete el error de considerarlas místicas, contemplativas, piadosas, etéreas. Atribuyéndoles cualidades mágicas, como aquella de dar vida, que si bien tienen, a veces opacan la otra parte: La real, de lo cotidiano y la contraria, la maldad. Porque el hombre puede ser malo, pero la mujer perversa. Haciendo de la virtud, cualquier cosa que eso signifique, y la delicadeza, una obligación de las buenas mujeres.

No hoy.

Hoy escribo de las mujeres de a de veras. De las perfectas, las de sonrisa pulcra y respuesta ágil, adecuada, cabello inmaculado, ropa impoluta, peso ideal y recato discreto, ya se dice mucho. Conocí varias y al estar junto a ellas siempre me preguntaba si al menos por un instante dejaban de ser efigies. Si habían sido niñas de rodillas sucias, o si eran capaces de estornudar o tener gripe y escurrimiento nasal.

Les hablo a las mujeres existentes, las de saliva y sudor perlado en las axilas, de cicatrices de batalla en el vientre. Las de matriz vacía, que perdieron lo anhelado y encontraron la manera de seguir de frente, porque no quedaba de otra. Las que no temen mostrarse vulnerables y cansadas de noche al descorrer el maquillaje. Las que a pesar de sus limitaciones personales y la negativa perpetua de las circunstancias traidoras, encuentran tiempo de hacerse responsables, por amor; de la vida de otros. De los suyos, las ajenas y la propia siempre al final.

Damas de zapatos polvosos de marchar caminos lejanos para llevar apoyos a otras mujeres que todavía, en 2020, no saben que tienen derechos y merecen oportunidades. Mujeres de uñas pintadas, glamorosas. O limpias, trabajadoras, o uñas pintadas de glamour al trabajar.  Las que saben y entienden la manera extraña y a veces egoísta que tenemos los hombres de quererlas, solicitando su naturaleza receptiva, dadora. Ansiosos de sensaciones exaltadas, siempre exigiendo la cercanía física. Muriendo dentro para, tras el descanso, salir a buscar lo que sea que decimos que buscamos lejos, siempre lejos. Para regresar de nuevo cansados y vacíos, diciendo que ustedes no entienden lo que por siglos todas han sabido.

Que las promesas a veces no se cumplen.

Las que se dieron y se extraviaron en el proceso, pagando los costos de la transacción deficitaria, desviando la mirada. Callando, fingiendo calma, apretando los labios al ver pasar al efímero acompañante tomado de otra mano.

Porque salvo raras excepciones, vaya que cada una se entrega como se debe, con todas las de la ley, con el alma y no como nosotros, con reservas. Las que viven y soportan abusos de aquellos que deberían amarlas y cuidarlas, en esa extraña idea de que el amor todo lo perdona. Las que escuchan ad perpetuum que son gordas, feas, tontas, incapaces. A quienes como sociedad ni como hombres hemos sabido defender. Guardando un vergonzoso silencio cómplice que solo nos empequeñece y nulifica como varones. Porque hay que ser enfáticos: Si tienes dos dedos de frente, tu causa debe estar del lado de las mujeres.

Punto.

Las que ya no están y nos dejaron todo cuanto fueron en nosotros mismos, que heredamos su pasión y contradicciones.  Y en mi caso, aquellas que me hicieron lo que soy, a quienes en su momento no fui capaz de ver y mucho menos valorar.  Que cansadas decidieron dejarme ir para que entendiera lo que apenas comienzo a adivinar: Que un hombre es la mujer con la que está. Que no brillamos por lo que somos, sino por la atención y esmero que la mujer que nos ama pone en nosotros, en su educación y pulimiento hacia uno. Porque, SÏ. Es ella quien te enseña que bañarse todos los días, lavarse los dientes y comer con cubiertos no te resta hombría. Ellas construyen con su trabajo, una mejor interpretación de nosotros mismos, que después proyectamos al mundo, para su orgullo.

Lo hace sólo por ti.

Por su amor hacia ti.

Por último escribo a la que me trajo a esta cosa magnifica llamada vida. Que con base en las típicas herramientas de toda madre: Gritos, sombrerazos y una interminable colección de objetos contundentes impactados en mi regordeta anatomía, me impidió la deserción escolar, alejo del alcohol y la droga, y con su desvelo y agotamiento hizo que mi estupidez crónica y degenerativa, no deviniera mortal. La que sin éxito me mostró su fe, que no practiqué, más por autoafirmación infantil que por un proceso reflexivo serio. Pero cuyos preceptos me sirven de brújula, aunque muy a menudo finjo no verlos u olvidarlos.

Pero la llamada telefónica siempre ocurre, para recordarme que no sé cómo le hace; todo lo ve y todo lo sabe. En una convivencia siempre llena de tensión ahora de adulto, motivada por el hecho de que soy tan ella, que a veces me da miedo. Cosas así se dicen casi siempre ya que se murieron las madres. Mejor te las digo ahora, Ruth.

Feliz día a todas ustedes.

Shayd Santillán.

 

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