ENTRE ALFEÑIQUE, CEMPASÚCHIL Y TRADICIÓN, TOLUCA LEVANTA EL TELÓN DE SU FIESTA MÁS DULCE
DE PRIMERA O DE TERCERA
UN TEXTO SOBRE DÓNDE ELEGIMOS ESTAR
Dicen las abuelas que, el “que con lobos anda, a aullar se enseña”. Mi propia abuela, mujer de fe, afirmaba que “Las malas compañías echan a perder los hábitos útiles”, (1 Corintios 15:33).
Es cierto, pocas cosas nos definen tanto como el talante, hábitos, acciones, ideologías de las personas con quienes elegimos asociarnos. Y es que este mecanismo básico de supervivencia, opera con un componente fundamental:
La afinidad.
Ciclistas, con ciclistas. Poetas, con poetas. Sucede lo mismo con los ganadores, honestos, virtuosos, y en general con los individuos trascendentes. De esos que con sus acciones, aportan valor al entorno. En principio se asocian, porque se parecen. Pero de inmediato ocurre un beneficio secundario:
Los mejores aprenden de los mejores.
La convivencia de altura, enriquece, diversifica, fortalece. Dotándonos de herramientas de vida, habilidades, destrezas, valores, enlaces personales, y sobre todo una visión distintiva. La de ver lo positivo de las circunstancias, aquello que se puede hacer y mejorar, Abundancia de vida, posibilidades infinitas para aquellos que deciden actuar, crear.
La gente de primera, se asocia con gente de primera.
Lo contrario pasa con los medianos, por lo general los de segunda se relacionan con los de tercera. Aquí opera un mecanismo por completo diferente. No buscan aprender, antes bien se piensan dignos de enseñar. No desean convivir, antes bien controlar. No anhelan desarrollarse en conjunto con sus pares, sino prevalecer a costa de ellos.
Una persona de primera, se alegra con el triunfo ajeno. Es feliz de saber que otro logra sus metas. A un individuo de segunda, le duele en lo más profundo. Siente rabia de los alcances de los demás, sobre todo si son sus amigos o cercanos. Porque refleja sus propias insuficiencias.
Los de primera, caminan juntos, hacen equipo, comunidad. Los de segunda se confrontan, dividen, debilitan. Los de primera aceptan, los de segunda se erigen jueces y verdugos. Los de primera, avanzan y procuran que los demás lo hagan también. Los de segunda, se conforman con estar igual que el resto, recelan de quienes sobresalen.
Si todos “están en la chilla”, mejor.
Para los de primera, aspirar no nada más es legítimo, sino una obligación. Para los de segunda ser “aspiracionista”, es un pecado imperdonable, que rompe el orden natural de las cosas. Por supuesto, el orden natural es estar todos, bien amolados; agradeciendo los apoyos paternalistas que se reciben. Los de primera creen en ellos mismos como factor de cambio. Los de segunda esperan que otros hagan lo que ellos no realizan.
En ese sentido, sin duda mirar las compañías de alguien, basta para tener una idea clara de quién ese alguien.
Si en nuestro círculo personal existen personas felices, echadas para adelante, emprendedoras, trabajadoras, organizadas. De esas que dan un paso al frente, arrastran con el ejemplo, vencen, logran, superan obstáculos, convirtiéndolos en desafíos por conquistar. Preparados, educados, corteses; en cuya presencia se discuten ideas, iniciativas, retos.
Entonces, algo estamos haciendo bien.
Si por el contrario, en nuestro entorno existe queja, inmovilidad, desazón, intriga, rumor, encono, enojo. Si se mira el mundo desde la amargura, carencia y resentimiento revanchista. Si se cohabita con la acusación, conflicto burdo, la gritería ininteligible de los incultos. Si en nuestras reuniones se habla de otras personas, de lo que hacen otras personas y con quién. Si el centro de la conversación es vida, acciones de los demás, descalificación, crítica a vecinos, amigos, colegas, familiares.
Entonces, en definitiva algo muy grave está ocurriendo.
Sin embargo, remediarlo está al alcance de quien vive esta situación.
Basta con elevar vibración, naturaleza de sus pensamientos, palabras y acciones. Pasar de la pasividad a la acción, MOVERSE. Mirar al mundo con distintos ojos, los de la generosidad, altura, conciliación. Pero sobre todo, responsabilidad y conciencia de quién se sabe timonel de su propio navío.
Líder y gobernante de sí mismo. Por supuesto, dista de ser sencillo. En realidad, pocas cosas son tan difíciles.
Hace poco, miraba a un jefe de Estado, a propósito de los festejos de independencia de su nación. Y de una cumbre multilateral en la que su país fungía como anfitrión. Dispensar trato de amigos, aliados y hermanos en ideología, métodos y objetivos. A una terna de incalificables autócratas, dictadores y herederos de dictadores. Represores incalificables de sus pueblos, culpables incuestionables del sufrimiento que sus naciones experimentan.
En algunos casos, incluso al borde de la hambruna. En otros, de la guerra civil.
Al mismo tiempo, este mandatario buscaba con indecoroso dinamismo y hay que decirlo, creatividad bastante limitada. Iniciar conflictos donde no los había. Con amigos, aliados y socios comerciales. Recurriendo incluso a una serie de argumentos que rayan en la sandez. Como los agravios que gente que murió hace siglos no cometió contra los actuales pobladores de este país.
Lo dicho, de primera o de segunda.
Estos ilógicos acercamientos con los gandallas del barrio, que además en términos reales no pueden ofrecer ninguna clase de ventaja política, social, comercial o de cosa alguna. Salvo purititos dramas, tropiezos y penas ajenas. Junto con la distancia artificial de aquellos, de quienes su nación sí obtiene acuerdos y alianzas de mutuo beneficio. Utilidad que por cierto, sus desastrosas políticas de salud, económicas y comerciales no han logrado. No son sino una muestra clara de su naturaleza segundona, con el añadido de ser una oportunidad histórica desperdiciada.
Lo semejante, llama a lo semejante.
Quienes son de segunda, se asocian con los de tercera… o Cuarta.
Shayd Santillán.
