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De la prevención al miedo: cómo las redes sociales construyen escenarios de catástrofe
Conectados y enredados
Por: Maria del Socorro Castañeda Díaz*
En cuestión de días, diversas noticias han alimentado una inquietante conversación en las redes sociales digitales: las recomendaciones de gobiernos europeos para almacenar víveres durante 72 horas, los ciberataques contra sistemas de refrigeración de supermercados, siete amenazas de bomba en vuelos comerciales y las declaraciones sobre un posible ataque nuclear de Estados Unidos contra Irán.
Los acontecimientos no tienen la misma naturaleza. Algunos son hechos confirmados; otros, afirmaciones que no han sido demostradas. Sin embargo, su circulación simultánea ha favorecido interpretaciones que los presentan como señales de una catástrofe inminente, particularmente de una Tercera Guerra Mundial.
El problema no reside en informar sobre los riesgos, sino en la facilidad con que acontecimientos distintos pueden convertirse en piezas de una misma narrativa alarmista, incluso cuando no existen pruebas que permitan establecer una relación entre ellos.
De una recomendación preventiva a una advertencia de guerra
La recomendación de contar con suministros básicos para afrontar una emergencia durante 72 horas no es reciente. La Comisión Europea la incorporó a su Estrategia de Preparación de la Unión en marzo de 2025. En México, el Centro Nacional de Prevención de Desastres difundía recomendaciones semejantes desde 2018. La Coordinación Nacional de Protección Civil aclaró el 3 de noviembre de 2026 que su campaña es permanente y no responde a una catástrofe inminente.
¿Por qué, entonces, una recomendación habitual comenzó a interpretarse como señal de una guerra? Una explicación se encuentra en la pérdida de contexto. Cuando una publicación recupera una medida preventiva sin mencionar sus antecedentes, puede producir la impresión de que las autoridades poseen información extraordinaria que todavía no han revelado. La pregunta deja de ser para qué debemos prepararnos y se convierte en qué saben los gobiernos que nosotros desconocemos.
Entre los acontecimientos reales y las especulaciones
A esta conversación se sumaron las declaraciones del comentarista estadounidense Tucker Carlson, quien afirmó el 2 de noviembre, a través de X, que Donald Trump podría estar considerando un ataque nuclear contra Irán, presuntamente bajo presión del primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu. Carlson advirtió que semejante acción podría provocar una reacción en cadena entre potencias nucleares y desembocar en una Tercera Guerra Mundial.
La gravedad del escenario es indiscutible. Lo que no está demostrado es que exista el supuesto plan. Carlson no presentó pruebas verificables y la Casa Blanca cuestionó que tuviera conocimiento de la planificación militar estadounidense.
El caso muestra cómo la notoriedad de quien emite un mensaje puede conferirle una credibilidad que no necesariamente corresponde con la solidez de sus pruebas. Cuando una declaración se reproduce repetidamente, el público puede terminar recordando el supuesto ataque nuclear y olvidando que su existencia nunca fue acreditada.
Por otra parte, los ataques contra sistemas de refrigeración de supermercados europeos y las siete amenazas de bomba registradas en vuelos comerciales el 3 de noviembre son acontecimientos documentados. Sin embargo, no se había identificado públicamente a los responsables de los ciberataques ni demostrado que las amenazas de bomba estuvieran coordinadas entre sí o vinculadas con aquellos incidentes.
Precisamente porque se trata de acontecimientos auténticos, pueden resultar especialmente eficaces para construir explicaciones engañosas. No es necesario inventar una noticia: basta con relacionarla con otras, omitir información relevante y presentar como conclusión lo que únicamente constituye una conjetura.
Cuando la coincidencia se convierte en conspiración
Las redes sociales digitales permiten reunir noticias publicadas en distintos países, fechas y contextos. Esta capacidad constituye una de sus mayores aportaciones a la circulación de información, pero también facilita que acontecimientos independientes sean interpretados como manifestaciones de una misma causa.
Una recomendación gubernamental, una declaración sobre una posible guerra nuclear, un ciberataque y varias amenazas de bomba pueden aparecer consecutivamente en una pantalla. Su proximidad informativa crea una sensación de continuidad, aunque no exista una relación demostrada entre ellos.
A partir de esa acumulación puede surgir una narrativa aparentemente coherente: los gobiernos recomiendan prepararse porque conocen una amenaza mayor y los demás incidentes serían señales de su proximidad.
El razonamiento resulta atractivo porque ofrece una explicación única para acontecimientos complejos. Sin embargo, la coincidencia temporal no demuestra causalidad ni la ausencia de información definitiva constituye una prueba de encubrimiento.
Conviene distinguir, además, entre la desinformación deliberada y la información errónea compartida de buena fe. No todas las personas que difunden interpretaciones conspiracionistas buscan engañar. Muchas reproducen contenidos que consideran creíbles, particularmente cuando coinciden con preocupaciones que ya tenían.
El miedo circula; las explicaciones compiten por atención
Una investigación de Vosoughi, Roy y Aral, publicada en Science en 2018, encontró que, en el entonces Twitter, las noticias falsas estudiadas alcanzaban una difusión más rápida y extensa que las verdaderas. Aunque sus resultados no pueden trasladarse automáticamente a todas las plataformas actuales, ayudan a comprender la capacidad de los contenidos extraordinarios para atraer atención.
Las publicaciones que anuncian una guerra inminente, sugieren conspiraciones gubernamentales o presentan acontecimientos aislados como parte de una operación internacional ofrecen algo que una explicación preventiva difícilmente proporciona: dramatismo, incertidumbre y una aparente revelación.
Las personas también participamos activamente en esa circulación, seleccionando aquello que nos sorprende, preocupa o parece confirmar nuestras sospechas. Mientras tanto, las explicaciones documentadas deben competir por atención con mensajes mucho más espectaculares.
La investigación sobre desinformación ha mostrado, además, que las creencias equivocadas pueden mantener cierta influencia incluso después de haber sido corregidas. Por eso, publicar una aclaración no garantiza que desaparezcan las interpretaciones que originaron la alarma.
Informar sin alarmar, prevenir sin sembrar miedo
Nada de lo anterior significa que los riesgos internacionales deban minimizarse. Los ciberataques evidencian vulnerabilidades reales, las amenazas de bomba generan consecuencias y las recomendaciones de protección civil responden a necesidades legítimas.
Tampoco significa que debamos aceptar sin cuestionamientos las explicaciones gubernamentales. La información oficial debe contrastarse, como cualquier otra, pero cuestionarla no equivale a considerar verdaderas todas las interpretaciones alternativas.
La responsabilidad informativa exige recuperar el contexto, identificar qué se conoce, reconocer lo que permanece sin esclarecer y distinguir entre una posibilidad y una conclusión sustentada. Las redes sociales digitales no son únicamente espacios de desinformación; también permiten contrastar versiones, consultar fuentes originales y difundir aclaraciones. El desafío consiste en aprovechar estas posibilidades sin convertir cada acontecimiento inquietante en el anuncio de una tragedia.
Porque una sociedad informada necesita conocer los riesgos para prepararse frente a ellos, pero también necesita herramientas para distinguir las amenazas reales de los escenarios catastróficos construidos mediante la circulación descontextualizada de información.
La prevención debe producir capacidad de respuesta, no miedo. Y la información debe ayudarnos a comprender la realidad, no a temer permanentemente aquello que todavía no ha sucedido.