CAUDILLOS VS INSTITUCIONES

 CAUDILLOS VS INSTITUCIONES

UN TEXTO SOBRE LA LECCIÓN QUE LOS MEXICANOS ESTAMOS POR APRENDER

Alejandro Magno es mi líder histórico favorito, por goleada. Su vida está llena de enseñanzas, es casi una receta para quienes aspiren dirigir a sus hermanas y hermanos.  Resolvió el problema imposible del Nudo Gordiano, de manera contundente y sencilla: Sacó su espada y lo partió en dos. Bueno, como en mil, según  se imagine el dichoso nudo. Lección, los problemas se exterminan y ya.

Persiguió a Darío con tal fiereza, que al final,  la muerte del gran rey persa, fue sólo un trámite.

Se cuenta que antes de cada batalla, Alejandro hacía pulir su armadura dorada, pesadilla de la guardia personal de Megas Alexandros. Además de ejemplo de insensatez suicida. Le recriminaban estar a la vista y alcance de cualquier enemigo. Él, respondía que también lo estaba de cualquiera de sus soldados. Desde cada punto del campo, todo luchador macedonio podía ver a su rey, batiéndose como uno más.

Y como uno más comía, dormía, vivía, padecía. Un día que la sed arreciaba entre la tropa, alguien le acercó un casco lleno de agua. Ante la mirada de todos, Alejandro la derramó sin sorber ni un trago. Si sus solados no bebían, tampoco el rey. La reacción no se hizo esperar, le vitorearon y resistieron la sed. En otra ocasión, al ser increpado sobre las penurias que el ejército sufría, simplemente se desnudó y aseguro detenerse y volver a Macedonia si uno sólo de ellos mostraba más cicatrices que él.

A todos se les cayó la cara de vergüenza, le pidieron perdón por ser tan débiles y continuaron la marcha. Sus hombres, a quienes conocía por nombre e historia, lo amaban tanto, que literalmente lo siguieron al fin del mundo.

Anécdotas así, sobran. Lo dicho, tal vez el mayor conquistador de todos los tiempos, además del más equilibrado. Pues de manera contradictoria para un guerrero, soñaba con la paz, y lo que hoy llamamos inclusión. Mil naciones conviviendo, comerciando, aprendiendo y prosperando juntas.

Sin embargo, su muerte prematura significó el fin de ese sueño, además de la destrucción casi instantánea del imperio. Dividido por hombres que sin ser indignos o insignificantes, no podían competir en estatura con  alguien que tomó en los hombros a una nación pequeña, y la llevó a superar sus propios límites, hasta convertirla en dueña de todo el mundo conocido.

No había sucesor digno de Alejandro.

La monarquía británica ha tenido momentos gloriosos y complejos. Pasó de los Estuardo a los Hannover y luego a los Windsor (Sajonia – Coburgo y Gotha), casa real actual. Aunque la historia de reyes ingleses va muchos siglos más en el pasado. Hubo reyes buenos, extraordinarios, mediocres, malos y terribles. Pero la corona ha salido fortalecida con los buenos, y se ha sobrepuesto a los malos. La razón es una:

Instituciones.

A lo largo de los siglos, se ha creado un entramado institucional que en los hechos funcionó como palanca del poder Real, o contrapeso. Los monarcas británicos han debido aprender a evolucionar para sobrevivir. Haciendo de sus reinados, un acumulado de acuerdos, conflictos resueltos, interacciones y aprendizajes en los que a veces toman y a veces dan.

En todo esto existe un asunto de importancia toral: Sucesión. La monarquía ha hecho de la educación de los futuros reyes, asunto de Estado. Los resultados son evidentes, es posible que ningún soberano británico iguale a Alejandro. Aunque Enrique VIII y su hija parecen contendientes serios.

Pero el Imperio Macedonio es una referencia histórica, cuyos ecos resuenan todavía en Europa y Asia. Mientras que la corona inglesa es una realidad hoy. Que al menos con los actuales duques de Cambridge, no sólo tiene garantizada la sucesión, sino una actualización a los tiempos que corren. Hay corona al menos para otra generación.

Alejandro dejó un desastre, a pesar de toda su grandeza, o tal vez a consecuencia de ella. No es su culpa haber muerto joven, si lo fue no haberse detenido a tiempo para construir una estructura que sobreviviera a su muerte. Esta, por cierto, es la primera responsabilidad de todo gran líder.

Claro, si lo hubiera hecho, tal vez no habría llegado a la India, es probable que se hubiera tenido que “conformar”, con Babilonia. Es culpable de no anticipar lo inevitable.

Los mexicanos, estamos a punto de entender esta lección. Lo haremos además, de la manera difícil. Cuando el caudillo, por términos de ley, a pesar de sus ambiciones de permanencia. O por inevitabilidad senecta, a pesar de sus ambiciones de inmortalidad. Llegue al fin de su vida útil, dejará un desastre.

Entonces se le aplaudirá por haberlo intentado, y se culpara a los de siempre por no habérselo permitido. Entre los dolientes, habrá quienes busquen en las filas de un movimiento que nació a consecuencia de un solo hombre, con la única función de cumplir la voluntad de un solo hombre. Un líder fuerte, capaz de unirlos a todos, e inspirar a un país, como lo hizo alguna vez, este dirigente devenido inquilino palaciego.

No lo van a encontrar, porque todos los que le acompañan, palidecen ante él. Y es que, en su soberbia envanecida, ensimismada, los hizo expertos en someterse, obedecer. No en liderazgo efectivo. Celoso como es de su ego y papel histórico, que en efecto ha ganado. Nunca permitió el surgimiento de relevos generacionales.

En su vanidad de ser labriego, mayordomo y caporal, tampoco consolidó estructuras que funcionaran para la toma de decisiones al interior de su organización. Con el añadido de que dinamitó las existentes en el exterior.

Lo rompió todo, pero compuso nada.

El mayor, mejor y único mecanismo decisorio fue su caprichosa voluntad. Gran líder fue, pero como estadista, decir mediocre es un halago.

Así que las y los mexicanos, habremos de debatirnos entre las tentaciones mesiánicas, que para entonces serán las culpables del inocultable fracaso y naufragio. O el fortalecimiento de las instituciones que habrán de reconstruir lo que él y los suyos destruyeron. Incluyendo las propias instituciones.

Ojalá decidamos por lo segundo.

Shayd Santillán.

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