A TREINTA Y DOS AÑOS DE BERLÍN

 A TREINTA Y DOS AÑOS DE BERLÍN

La construcción comenzó el 13 de agosto de 1961. Medía tres punto cinco metros de alto y su extensión era de sorprendentes 155 kilómetros de hormigón armado. Quienes lo construyeron decían que era un “MURO DE SEGURIDAD”. El 9 de noviembre de 1989 comenzó su desmantelamiento, con una frase que ha pasado a la historia “Señor Gorbachov, derribe ese muro”.

Lo irónico del Muro de Berlín no es su tamaño. Es posible hacer cálculos, averiguar cuantas carreteras o escuelas se pudieron haber construido con todo ese material, para beneficio de la sociedad de la entonces Alemania Oriental. Los recursos utilizados con el afán de dividir a una nación. Pero hablemos de otra cosa, la aparentemente infinita capacidad de los seres humanos para repetir los errores que la historia nos enseña.

Esta pared no fue la primera, tampoco la última. El muro de Adriano, la Muralla China, el muro de Berlín, el muro en Cisjordania y últimamente un intento fallido en nuestra frontera norte. No son más que monumentos al desbordado ego de algunos hombres que creyeron ser capaces de dividir al mundo.

Peor aún, de construir un mundo para ellos y que “casualmente lo construyeron como una dictadura” (Pérez Reverte). Hoy vivimos momentos históricos de enorme importancia. Pareciera que el trabajo conjunto que tardó décadas en construir la Unión Europea con base, ya no digamos en el libre tránsito de mercancías, sino en algo más elevado: La confianza de que los seres humanos somos capaces de olvidar siglos de diferencias, suspicacias, rivalidades, guerras, miedos y rencores que sólo nos dividen y debilitan.

La fe, si cabe llamarla así, de que por fin habíamos entendido que la unidad nos fortalece y las diferencias nos enriquecen. La convicción de que el otro soy yo mismo, que la inclusión e igualdad son el sendero para una paz duradera que nos permita trabajar y perseguir nuestro desarrollo y felicidad, parece menguar.

A menos de cien años de que un demagogo xenófobo aprovechara la crisis económica que afectaba su nación para, con su retórica teatral, grandilocuente pero equivocada, engañara a toda una sociedad llevándola al peor sendero posible, la guerra. Surgen voces en diferentes naciones que pregonan violencia, polarización social, recelo. Estas voces, incapaces de comprender, juegan a volver a épocas ya superadas, que poco abonaron al entendimiento entre los humanos.

Y es que es más fácil culpar a otros, que asumir nuestras responsabilidades históricas. Quizás el mayor obstáculo al desarrollo pleno nuestra especie, sea considerar al otro como ajeno y distante, diferente. Convirtiendo esa categorización en motivo de desconfianza que deriva en violencia pasiva, injusticia e indiferencia cómplice. Porque nos lleva a suponer que si no nos sucede a nosotros, no es importante aun cuando le ocurra a nuestro vecino.

Pero afortunadamente siempre han existido quienes aspiran a la unificación de los seres humanos. En ese sentido, podemos crear civilización o barbarie. La decisión es nuestra. Nuestras diferencias pueden ser una excusa para dividir, pero convertirse también en oportunidad de unión. De conocer al otro, de identificarnos en él, como igual y complementario.

Los humanos siempre buscamos superar barreras, entender a nuestros semejantes, entendernos en nuestros semejantes. Todos los muros de la antigüedad cayeron, los físicos y los ideológicos. Fueron incapaces de detener la permanente búsqueda de los seres humanos, sus avances, su curiosidad, el ansia incontenible de libertad para ser, pensar, expresarse, existir.

Ese es el destino de todas las murallas: Caer, es inevitable.

Existe una responsabilidad en quienes educamos. Nosotros enseñamos no sólo contenidos, sino cultura, o mejor dicho: La cultura. Podemos ser los generadores de revoluciones pacíficas, porque este mundo ya ha visto mucha sangre derramada de forma estéril, por más que quiera racionalizarse la muerte. Disfrazarla de causas nobles. Ser partícipes del surgimiento de conciencias superiores, personas que se sepan iguales en oportunidades de desarrollo y derechos aunque diferenciados en cualidades.

O podemos fingir que no pasa nada, que no somos importantes y perpetuar inequidad e injusticia. Hay quien dice que estudiando se conocen culturas diferentes, formas de ser y pensar diferentes. Ello no es verdad, aprendiendo se llega a entender que esa pequeña criatura llamada Homo Sapiens, más allá de ligeras diferencias, es fundamentalmente la misma en todas partes.

Cada generación recibe la oportunidad de probar su valía. Nos ha llegado el momento de preservar nuestra dignidad, comprender que la libertad debe defenderse. Ponernos de pie y levantar la voz.

Shayd Santillán.

 

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