¡ARRANCA LA FIESTA DE LOS PREGONEROS! NIÑAS Y NIÑOS LLENAN DE COLOR LAS CALLES DE TLALCILALCALPAN
VOY A MORIR
(UN TEXTO SOBRE LO INEVITABLE)
Andar en moto no es mi opción de transporte primario, sino una forma de vida, declaración de personalidad y adicción crónica, degenerativa e incurable. Tan grave es mi condición, que no soy capaz de imaginar mi vida sin rodar. Bastan sólo un par de días de no agarrar la moto, para empezar a estar de pésimo humor. Así pues, de forma constante me invento vueltas y viajes inexistentes e innecesarios, aunque obligatorios.
Así sea ir por las tortillas.
Entonces la enciendo, espero que el motor caliente; lo que a diferencia de los autos, es un procedimiento estándar. Para luego viajar dos cuadras por medio kilo de tortillas, diez sopes y la salsita roja que me gusta, y que venden donde mismo.
Todo un desplante de ausencia de lógica, pero que sirve de paliativo. Sucede a menudo, luego del horario laboral, que viajo sin aviso, razón o anticipación alguna, a los Arcos de Sitio; a unos treinta y cinco kilómetros de casa. Llego al punto, detengo la marcha unos minutos, escucho el silencio y doy la vuelta casi de inmediato.
Insisto, sólo por el gusto o vicio. Es el equivalente a decir, nomás esta copita, este cigarrito, este pan de muerto con nata, o el apetito carnal que ustedes elijan como dominus.
El problema fundamental de ser motociclista, que para mí, no lo es. Está en la absoluta certeza que todos tenemos, o deberíamos tener; de que cualquier viaje, incluso el más corto, puede ser el último. Basta un poco de grava suelta, arena, o una hormiga cruzando la carretera cargando una hoja; para mandarte al suelo, al cielo o donde corresponda.
En fin, ¿qué le vamos a hacer? conversaciones de bikers pululan con historias de caídas, piernas, brazos, costillas rotas, temporadas completas de la liguilla en silla de ruedas, camaradas embarrados en el pavimento y un par de milagros que conozco en persona, de tipos despertando de un coma luego de meses. Cuya primera acción luego de poder moverse con algo de soltura y controlar esfínteres, fue comprarse una moto más grande que aquella en la que casi se matan.
Digo, uno siempre debe superarse.
Es la ley.
Sin embargo, este comportamiento empata a la perfección con algo de lo que cobré conciencia desde muy chico, y me repito de forma constante: “Vas a morir, estás muriendo”. Confieso que todo lo que he hecho en esta vida, ha sido considerando como mantra lo anterior. Nunca hubo tiempo que perder, aún no lo hay. Ni algo que atemorizara tanto como para justificar quedarse con las ganas. Excepción hecha de saltar del paracaídas. Pero me engaño diciéndome que no lo necesito.
Luego de mi olvidable infancia obesa y cegatona, me atreví a diversos retos, como el desarrollado hábito de acercarse a la niña bonita para hacer la pregunta obligada. Eso dependía de mí, que además contaba con la seguridad de tener un NO, por respuesta. Es decir, en el peor de los casos iba a quedar como estaba, solapa y rechazado. Lo demás fue dejado en las manos del destino y la niña bonita, se sorprenderían de las respuestas recibidas. Aunque el mayor sorprendido a perpetuidad, era yo, por supuesto.
Pero nunca me quejé, nomás eso faltaba.
Levantar la voz, decir lo que pensaba, en el razonamiento simple de que el miedo nunca es opción. Y que al final, felices o infelices, buenos o malos, ricos y pobres acabaremos en el mismo lugar, pudriéndonos en una caja. Entonces ¿qué más da?
Y pues, no me callo hasta la fecha.
Llegar a la playa súper lejana y súper oculta a la que nadie va, leer el libro, ver la película, abrazar, besar y lo que siga. Responder el primer golpe, llegar a donde se tenga que llegar. Porque juro que nunca he iniciado una pelea en mi vida, pero jamás le doy la espalda a una. Eso sí, ya comenzada, es hasta donde tope. Que por lo general es a ganarla, porque en esa y muchas esferas de la existencia humana, cuando las cosas se ponen intensas, las personas procuran cuidarse, preocuparse por su seguridad, integridad, o en última instancia, supervivencia.
Lo anterior nunca ha pasado por mi mente, todo es al cien, o mejor no se hace.
Hay que admitir que juego con ventaja. A lo largo de la vida fui tomando una serie de decisiones entre dolorosas, egoístas, necesarias y pragmáticas, además de gustosas. Que me colocaron en la posición de ver únicamente por mí. Y creo que ya quedó claro, que pasar la vida siendo prudente no era una forma aceptable de transitar por el mundo.
Entonces, atreverse era una ecuación en que el resultado, sin ser seguro, distaba de ser incierto. Cada coste de vida era aceptable y de cierta forma, anticipado. En esto tampoco vale quejarse, se asumen las decisiones y sus consecuencias.
Luego fui descubriendo un propósito vital, que en nada interfería con mi naturaleza de atreverme: El servicio a los demás. Resulta interesantísimo que los mayores servidores son también los que más se atreven. Si lo piensan, no tiene nada de extraño, son los valientes quienes más y mejor defienden y cuidan a los suyos. Sean familia, compañeros, o partidarios.
Guiar es proteger, velar, procurar.
A consecuencia de la pandemia, llevo meses mirando al miedo irse apoderando del corazón y la mente de las personas. Incluso de aquellas que antes hubiera considerado mejor construidas, insisto, juego con ventaja. La idea de morirme y dejar desamparado a alguien, no es una que siquiera por casualidad se me ocurra. Aunque Frida, Gala y Mila han cambiado un poco eso.
A tal grado han llegado las cosas, que pareciera que cada día, todos tenemos un límite vital de dos semanas. “Hoy me dan síntomas, en quince días me muero”.
Justo ese es el punto a donde quiero llegar. En mi mente nunca tuve quince días, sino uno. Acepté mi mortalidad y la inevitabilidad de mi propio eventual fallecimiento, literalmente desde la adolescencia. Con la sorpresita de que ya tengo 41 y contando. Sorpresa dos, la vida se ha puesto cada vez mejor, aun en medio de este ambiente enrarecido de temor omnipresente.
La lección es clarísima, estar en paz, aceptar lo que tenga que pasar, servir a otros y seguir trabajando sin importar nada. Sólo así se trasciende. Lo demás, no nos corresponde, eso se decide en otras instancias. Aunque aclaro que no es una invitación a la dejadez y a no cuidarse, sino de ocuparse cada día.
Digo, salgo en moto pero con el casco puesto.
Aquí la lógica también es aplastante, si no te mueres, puedes seguir rodando. Por supuesto, quiero rodar hasta que este cuerpo regordete se encorve de viejo.
Si llego.
Entonces, a usar cubrebocas, mantener distancias, lavarse las manitas, cuidar, cuidarse. Estar consciente de ser mortal, tampoco significa ser indolente.
Shayd Santillán.
