NOS CREÍAMOS INMORTALES

 NOS CREÍAMOS INMORTALES
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UN TEXTO SOBRE HUMILDAD

Esto es una tragedia absoluta, demasiado dolor, sufrimiento, muerte. Tanto ha sido que en un distorsionado aunque eficaz mecanismo de negación indiferente, se ha optado por dejar de lado los nombres para escribir números. Y cuando las cifras sobrepasaron el límite superior de lo aceptable, se acusó a los contadores de amarillistas. Estar al servicio de los que se niegan a ver la infalibilidad de quienes nos conducen, sin saber bien a donde y para qué.

El poder por el poder.

También se repartió la culpa entre todos nosotros. No es responsabilidad de esos que por años pidieron la oportunidad, diciendo que eran diferentes, que lo harían mejor. Sino de cada uno de los que aquí vivimos, por tener que salir a trabajar de lo que sea para poder medio comer. Porque la posibilidad de morir por enfermedad, palidece ante la certeza de morir de hambre.

Ellos, inamovibles en su razonamiento soviético:

  • ¿Insinúa usted que el camarada Stalin se ha equivocado?
  • No, por supuesto que no. El camarada Stalin es infalible.
  • Entonces, sea usted un buen ciudadano. Acepte la responsabilidad y culpa de su propia enfermedad o muerte, camarada.

En este universo de lo absurdo, imposible dejar de notar que algo de fondo ha cambiado en la cotidianeidad. Nos hemos conectado con nuestra propia mortalidad. Y es que al parecer, un rasgo de la liquidez en que vivimos, es observar la muerte como si se encontrara a una distancia prudente y temerosa, omnipresente, pero ignorada con cortesía.

Ajena, distante.

Ajena, porque a pesar de la conciencia de su permanente acecho y llegada. A perpetuidad caíamos en la cómoda fantasía de que nada más le ocurre a otros, a los demás. En este caso hasta nuestros seres más amados son distantes, porque nosotros casi siempre pensamos: “Sí, algún día moriré. No pronto ni en el corto plazo, tal vez dentro de doscientos años y será cómo quedarme dormido”.

Esta ingenua aunque reconfortante ilusión, nos permite vivir con impostergables agendas llenas de compromisos inventados pero ineludibles, búsquedas internas, externas, asuntos urgentes, extra urgentes, y mega urgentes. Planes de desarrollo personal que resultan ser planes de adquisición, además de las siguientes vacaciones en NY.

Ora que se pueda.

Racionalizaciones permanentes que justifiquen nuestras acciones, valores, manías, códigos, miedos, contradicciones, necedades, decisiones e indecisiones. Preferencias, partido político, música colores y usanzas de alcoba. Al menos ante nuestra personal y egocéntrica imaginación consumidora.

Convencidos irreflexivos de lo irremediablemente adecuados y buenos que somos. Así como de lo equivocado que está el resto.  Hasta que un día despertamos teniendo sesenta, con dolor de rodillas, espalda y falta de control donde antes hubo un gobierno eficiente. Vemos amigos, amores, familia, vecinos, a quienes dimos por sentado de toda la vida, caer. Igual que en un palco, disfrutando el servicio de bebidas y barra de ensaladas, hasta que la marea empieza a cubrir tobillos, terminando en el cuello.

Asfixia.

De pronto la muerte es inevitable. Nos confronta vis a vis con su diaria promesa que siempre lo fue, pero que nunca quisimos ver. Ya es cínica, nos sonríe por la mañana y viene a despedirse en la vigilia, arrebatando hasta las ganas de dormir.

No vaya a ser que no despierte.

En este punto somos nosotros mismos quienes se miran desde la barrera por aquellos que nos despiden. Para luego seguir sus propias vidas hasta la línea final.

El COVID nos regresó de golpe al orden natural de las cosas, la temporalidad de las palpitaciones que nos mantienen moviéndonos en este mundo. De pronto la posibilidad de morir fue tan próxima como catorce días. En algunos meses pasamos de la perspectiva de inmortalidad, a la certeza de fechas y circunstancias. Porque hasta los síntomas conocemos, en la obsesión que tenemos por datos, sabemos con exactitud cronométrica lo que va a pasarnos una vez infectados y la forma en que terminará.

Otra cosa, reaprendimos a convivir con la muerte, a la que de tanto miedo que le tenemos, preferimos negar, olvidar. Guardándola en un paquete funerario, tratándola a la manera de servicio subrogado, preferimos contratar embalsamadores profesionales de ataúdes de caoba y café caliente en salas alfombradas con aire acondicionado.

Ahora la temida visitante llega a casa, a la del vecino. Quedándose por horas, días, mirándonos a los ojos sin parpadear. Forzándonos por las circunstancias a realizar lo que hasta hace décadas era hábito: Tratar los cuerpos, vestirlos, mirarlos, limpiar fluidos, ocupar el mismo espacio personal con el caparazón vacío que ocuparon en vida nuestras personas amadas, en su transcurrir junto a nosotros en la existencia.

A raíz de esto podemos aceptar lo transitorio del viaje y urgencia de vivir el recorrido de acuerdo con el talante de cada quien. Soy profesor, la opción es clara para mí: La vida lo es, sólo en el servicio a otros. Aunque en esto nada está escrito en piedra, salvo la cláusula en letra chica que dice: No joder al prójimo.

Shayd Santillán.

 

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