NEUROCIENCIAS APLICADAS A LA EDUCACIÓN EN TIEMPOS DE PANDEMIA.

 NEUROCIENCIAS APLICADAS A LA EDUCACIÓN EN TIEMPOS DE PANDEMIA.

Hasta hace algunos meses la dinámica interna de los salones de clase en todo el mundo, era en esencia de una similitud pasmosa. Su formato, fundamentalmente el mismo al de hace diez, cien, dos mil años. El acto mismo de enseñanza es, junto con algunos rituales de religiones milenarias, con toda seguridad uno de los protocolos de actuación social más antiguos e inalterados que existen. Prácticamente indiferente a contextos espacio-temporales.

Es un formato funcional: Un grupo de aprendices localizados en un espacio concreto, con una finalidad común. La transmisión de saberes necesarios para su construcción cognitiva individual, en tanto miembros de un colectivo. La transmisión e interiorización de valores, normas, entendimientos aceptables de lo que es legítimo y no. Conocimientos mínimos indispensables para asumir un rol útil en la organización de pertenencia, aunque progresivos y cada vez más especializados.

Todos a cargo de un mentor que los guía en el proceso de convertirse en aquello que se espera de ellos. Funciona sobre todo cuando cuenta con el apoyo de la estructura completa del Estado. El aula es el espacio ideal para la reproducción de condiciones y modelos.

Incluso durante los tiempos de guerra moderna o amenaza de guerra, el servicio educativo resultó de enorme utilidad para socializar “protocolos de supervivencia”. La colocación de máscaras anti gas, o en los instantes de mayor tensión entre potencias antagónicas, las medidas a tomar en caso de ataques nucleares. Sin embargo, lo que hasta hace poco ocurría al interior del aula, era un conjunto de conductas tan depuradas y seleccionadas por eliminación, en siglos de ejercicio educativo. Que lo volvieron eficiente al punto de que resulta difícil imaginar otra forma de hacer las cosas.

Cuando se repite un acto por mucho tiempo, empieza a ejecutarse bien. Se amortizan los procesos, traduciéndose todo en eficiencia.

A pesar de ello, también se trataba de un reducto casi libre de escrutinio. En los hechos, uno de los últimos “feudos” que quedaban. Sujeto a enormes dosis de discrecionalidad. Es tal la penetración de la dinámica escolar en el subconsciente social, que cuanto concernía a esta, se pensaba del dominio público. Siendo completamente errónea esa percepción. El salón era un espacio opaco, lleno de valores entendidos, tiempos no necesariamente empleados con la eficacia debida en lo relativo a la enseñanza y aprendizaje. Una especie de servicio monopólico dirigido a una clientela cautiva. Al menos en lo tocante a los sistemas de sostenimiento público.

El COVID19 colapsó esa estructura, señal inequívoca de su anquilosamiento. También de su solidez. Fue necesaria una emergencia global para obligar a todas las naciones a replantearse los fundamentos sobre los que estaba edificada la práctica educativa:

– Tiempo de permanencia.

– Preeminencia del profesor.

– Escasa auditoría y rendición de cuentas. Por mucho que se hubiera avanzado en este rubro.

– Ausencia de autonomía por parte de los estudiantes. Nuevamente a descargo de la importante evolución que ocurría antes de la pandemia.

– Acatamiento de las indicaciones por parte del estudiante.

Los hábitos de siglos resultan insuficientes para garantizar la adecuada apropiación de los saberes en un contexto de distanciamiento social. El centenario conocimiento empírico ha quedado desbordado por el peso de la realidad cambiante. La solución: Implementar los avances de las neurociencias al aula.

El permanente contacto maestro-estudiante, da mayor probabilidad a la corrección de equivocaciones en la acción pedagógica. Un error cometido en clase, puede subsanarse al día siguiente, cualquier duda resolverse. Ello no es tan sencillo ante horarios acotados o auditoría constante de padres y autoridades escolares (En realidad, este es el rasgo principal de los modelos a distancia).

El acto de enseñanza hoy, no puede tolerar dispersión alguna. Debe aspirarse a que cada clase sea un “tiro de precisión”. Las neurociencias aplicadas a la educación pueden fortalecer a los enseñantes para volver más eficaces sus clases. Por medio de conocimientos sobre procesos cerebrales, respaldados por el método científico. Potenciar el aprendizaje, no de la forma en que los neuromitos han hecho creer a los no familiarizados con este campo del saber. Sino dirigirlo aprovechando las oportunidades que el cerebro nos proporciona. En beneficio de la misma construcción cerebral de nuestros alumnos.

Ya no puede ser una simple hipótesis, es indispensable aplicar neurociencias a la clase.

Shayd Santillán.

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