NECESITAMOS LÍDERES (UN TEXTO SOBRE LO QUE LOS MAESTROS REFLEJAMOS)

 NECESITAMOS LÍDERES (UN TEXTO SOBRE LO QUE LOS MAESTROS REFLEJAMOS)
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Leopoldo, es un tipazo. Lo digo cada vez que alguien me pregunta por él. Luego, me sigo de corrido al hablar de mi experiencia al lado de este supervisor de secundaria, hoy jubilado.
Un hombre de su tiempo, con las definiciones y contradicciones que le tocaron vivir. Pero nunca sometido a ellas. Lleno de matices adquiridos de nacimiento, lo que resultaba evidente. Enriquecidos con una personalidad contundente, ávida, aunque apacible.
Cuidadoso de formas, postura, palabras que mide con precisión milimétrica. Pero sin ser espartano ni hosco, todo lo contrario. Conversador natural, cortés, animado, generoso al compartir saberes y experiencias de vida.
Deseoso de escuchar, respetuoso.
Hay que decirlo como es: Elegante.
Polo, es elegante al charlar y conducirse. Tiene con qué, conocedor de su profesión desde los cargos más sencillos y lugares apartados de la geografía estatal. También acostumbrado a posiciones de prerrogativa. Maestro instruido, pero además culto. Combinación poco frecuente, que por cierto es tomada como sinónimo.
No lo es, se puede ser instruido sin cultura.
También lo contrario.
Un activo fundamental, es que se trata de un ciudadano del mundo, y se le nota donde cuenta: En los detalles. Ademanes de mesa, referencias para calles, restaurantes, museos y atajos en los países visitados. Narrados de tal forma, que te transporta ahí. Comentarios, gestos sencillos de pasar por alto para miradas inexpertas, notables nada más para los entendidos.
Gustos depurados en décadas, acciones minúsculas que acumuladas son un deleite.
Creo que queda clara, esta impresión indeleble que dejó en mí. Del profesor Polo, aprendí que no se viaja por impulso, sino planeando cada etapa. Así, al llegar a Hannover, sabrás dónde, cuándo y por qué. Mientras los viajeros de fotografía van a donde todos, a la misma hora que todos.
Allá ellos.
Hago la referencia teutona, a propósito. Que en este educador confluyen festividad carioca, eficiencia alemana, confianza cubano – mexicana y gustos medio galos. Gracias a esto, incluso cuando ruedo de improviso, sé a dónde ir.
En lo laboral, alguna vez me dijo que se debe contestar lo que se nos pregunta, y sólo eso. Consejo que nunca le tomé, hasta hoy que me va la tranquilidad en ello. Convencido por experiencia de que, las diferencias al parecer irreconciliables, pasado el tiempo no lo son tanto. Sobre todo cuando se trata de contradicciones interpuestas entre uno y las decisiones más importantes de la vida.
Eso sí se lo entendí.
Le asimilé, aunque todavía soy malísimo en replicarle, su regocijo aplomado.
Capaz de amabilidad sosegada, incluso en los momentos más complicados. De señales cortas y concretas, miradas, sonrisas, tonos. Un líder inmune a la adulación, en un mundo cada vez más suplicante por escuchar cuán guapo, listo y poderoso se es.
Sordo a chismes, insidias, rumores, que abundan en todas partes, sobre todo en ciertos foros. Carente de miedo a delegar, ausente de ego, pero exigente de resultados: “Haz lo que debas, pero resuelve”. Le guardo la mayor gratitud por el respaldo permanente a los miembros de su equipo, que hay que decir; no éramos nada sencillos. Polo siempre dio la cara por los suyos, nosotros siempre dimos la cara por él. Incluso los regaños no lo eran, sino una plática de amigos donde te sentías todavía más miserable que si te hubiera gritado.
Porque entendías haberle fallado.
Te prometías a ti mismo no volver a equivocarte en ese asunto, y de eso no se volvía a hablar. Aquella era la mayor distancia entre Polo y sus pares, que en los hechos no lo eran. Nunca sintió necesidad de enfatizar ser la persona a cargo, su peso específico era tal, que todos comprendíamos quién tenía el mando.
Esa es la diferencia entre líder y un simple “jefe”.
Hablaba bien de su equipo, al hacerlo hablaba bien de sí mismo. Al contrario de muchos que devalúan a los de casa, a costa de ellos mismos y su estatura como dirigentes. Polo, como todo líder, reflejaba detrás del escritorio lo que es como ser humano.
Un gran ser humano.
Cleo, la mejor Asesor Metodológico que conozco, y quien escribe; le aprendimos mucho.
Creo que también se nos nota.
Le admiro, aprecio y respeto como mentor, que lo fue. Además de extrañarle sus inacabables referentes culturales. Por su culpa, se me hizo fijación ir a Río, para recorrerlo en moto. Aunque sin duda estaría en desacuerdo. También una vueltecita al Cristo de Corcovado.
Pienso en él, y otros, al mirar que poco a poco nos vamos quedando sin los referentes de antes. A veces, veo individuos acceder a posiciones para las que están listos por conocimiento, pero insuficientes en estatura.
Cargos que demandan liderazgo por encima de autoridad, ocupados por quienes a falta de preparación de vida, se comportan con ligereza indolente e ignorancia culpable. Devaluando en el proceso, oficina y persona. De oídos abiertos a voces discordantes, aduladores y demás subcategorías de oportunistas. Ignorando la distancia que se debe mantener de estos. Porque los experimentados y sensatos, comprenden que quien promueve una causa, en realidad promueve su propia causa. Al final, si se aceptan las zalamerías, adulador y adulado se merecen uno al otro.
Escasos de temple, lo que facilita predisposiciones a favor o en contra, que siempre son en contra de su propia autoridad y valía. Condescendientes con quienes son capaces de renunciar a su decoro para complacer. Convirtiendo el espacio laboral en una maraña de interacciones privadas.
Así no.
El asunto radica en que no es sendero de una vía, sucede en ambos sentidos. La autoridad que descalifica a los subalternos, se descalifica a sí misma, antes de ser descalificada por los subalternos. Lo anterior nos ha conducido al punto en que nos encontramos, circulo vicioso de agresiones y denostación entre hermanos de clase. Donde parece ostentar el difuso monopolio de la razón, quien más creativo es en invenciones y chirimbolos.
Ante esto existe una solución: Si te desagrada la clase de líderes que tienes, conviértete tú mismo en el líder que crees merecer. Si otros son mezquinos, sé noble. Si son cortos de miras, tú, observa al horizonte. Si gritan, vuélvete circunspecto. Si son viscerales, adquiere templanza. Si son volubles, hazte firme. Si son necios, practica la prudencia. Si son indignos, vístete de dignidad. Si aspiran a mandar, tú, aspira a gobernarte a ti mismo.
Hazlo ya, desde tu espacio en el salón de clases. Sé un demócrata en el grupo. Justo en la resolución de conflictos. Dialoga, convence, no impongas. Cede, negocia, respeta, transfórmate en líder de tu grupo, luego de tu grado. Después, de la escuela, sigue con la Zona Escolar.
Cuando estés listo, participa, compite, gana representaciones. Sé gestor, ayuda, apoya a tus hermanas y hermanos de clase. Crece con ellos, trabajando para ellos.
Para el momento en que te encuentres en ese punto, habrás comprendido que no necesitabas llegar para ser, cambiar las cosas; en el trayecto lo modificaste todo. Tampoco necesitarás hacer campaña, tus actos te precederán.
Ya te habrás constituido “líder por contraste”, incluso los otros te lo habrán puesto muy fácil. Era tan sencillo ser diferente, que te preguntarás por qué nadie lo había hecho antes. Simple, pocos quieren tomar la responsabilidad de hacer que las cosas sucedan. Prefieren ver a los demás intentar, fallar, para luego decir que ellos mismos lo habrían podido hacer de mejor manera.
Serás entonces uno de esos pocos, a los que ellos critican y agreden desde la comodidad y anonimato que da el teclado. Parte de una élite a la que cualquiera con disciplina y convicción puede acceder. Si no tuviste referentes de liderazgo positivo, desarrolla el tuyo para que seas el modelo de quienes te sigan. Comprende que liderar es servir, cuidar, procurar, proteger.
Resolver.
Cuando comprendas eso, y actúes en consecuencia; serás imparable.
Necesitamos líderes, y la vacante puede ser tuya.

Shayd Santillán.

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