La televisión habla; las redes no dejan pasar

 La televisión habla; las redes no dejan pasar

Por: Maria del Socorro Castañeda Díaz*

Pedro Sola, defensa animal y poder digital

El caso de Pedro Sola muestra cómo cambió la relación entre la televisión y sus audiencias. La televisión origina el contenido, pero las redes prolongan su circulación, amplían su alcance y pueden convertirlo en un problema público con consecuencias concretas.

El 6 de julio pasado, Pedro Sola, conductor de Ventaneando, manifestó su rechazo a la presencia de perros en restaurantes, tiendas y supermercados. La discusión sobre las condiciones de ingreso de animales a espacios compartidos podía ser legítima, pero el conductor la convirtió en una expresión de crueldad al hablar de arrojarles carne envenenada y de disparar contra quienes los pasean en carriolas.

El fragmento provocó protestas, una denuncia ante la Fiscalía de la Ciudad de México y un pronunciamiento de la Procuraduría Ambiental y del Ordenamiento Territorial, que rechazó las expresiones capaces de normalizar o promover el daño contra los animales.

De la transmisión fugaz a la evidencia digital

En otro momento, la frase difícilmente habría alcanzado la misma difusión. Habría quedado principalmente entre quienes veían el programa en ese instante. La televisión tradicional organizaba la experiencia del público mediante horarios y secuencias. Quien no presenciaba una emisión dependía de que el propio medio la repitiera o de que otro medio recuperara el episodio. La capacidad de conservar, seleccionar y volver a poner en circulación una escena permanecía concentrada en las empresas de comunicación.

Las redes sociales digitales alteraron esa temporalidad. El fragmento fue recortado, reproducido, comentado y conservado. Cada publicación permitió que lo conocieran personas que jamás habían visto Ventaneando. La falta dejó de ser un momento dentro de una transmisión para convertirse en evidencia disponible, susceptible de ser enviada a organizaciones, autoridades y anunciantes.

Los investigadores estadounidenses Henry Jenkins, Sam Ford y Joshua Green denominan propagabilidad a la capacidad de los contenidos para circular porque las personas los seleccionan, adaptan y comparten. No todo lo emitido por televisión se propaga, ni todas las audiencias interpretan un contenido de la misma manera. La circulación depende de que algo sea considerado suficientemente significativo, indignante, útil o atractivo como para hacerlo llegar a otras personas.

En el caso Sola, la televisión aportó la escena y la notoriedad del personaje; las audiencias conectadas le dieron permanencia, escala y presión. El fragmento pudo verse fuera del horario y del público habitual del programa, desprendido además del tono con el que había sido presentado. Lo que dentro del estudio pareció una ocurrencia acompañada por risas apareció en las redes como una afirmación concreta, repetible y examinable.

Internet no se limitó a ampliar la audiencia. Cambió las condiciones bajo las cuales el comentario podía ser juzgado.

La televisión ya no controla el final

El investigador británico Andrew Chadwick llamasistema mediático híbrido al entorno en el que interactúan la televisión, la prensa, los portales informativos y las plataformas digitales. Los medios tradicionales no han desaparecido: conservan infraestructura, reconocimiento, recursos y capacidad para colocar temas en la conversación pública, pero ya no controlan por sí solos la trayectoria de lo que producen.

El sociólogo español Manuel Castells llamó autocomunicación de masas a la posibilidad de que mensajes seleccionados por personas y colectivos alcancen públicos amplios sin depender por completo de las instituciones mediáticas. La audiencia ya no sólo mira: también archiva, contextualiza, cuestiona y redistribuye.

Esta capacidad no elimina las desigualdades comunicativas. Pedro Sola dispone de una pantalla nacional y las marcas cuentan con equipos profesionales para manejar su reputación. No todas las voces tienen el mismo alcance, y sin embargo, la circulación digital permite conectar intervenciones dispersas hasta generar una presión que ningún comentario individual conseguiría por sí solo.

La diferencia frente a la antigua recepción televisiva es fundamental. Antes, una persona inconforme podía cambiar de canal o quejarse de manera aislada; ahora puede publicar el fragmento, explicar su rechazo, etiquetar a una asociación, identificar a los anunciantes y sumarse a una petición. Cada acción parece pequeña, pero su acumulación modifica la relación de fuerzas.

Cuando la protesta alcanza a los patrocinadores

El cambio resulta especialmente visible en la publicidad. Antes, la televisora ofrecía a las empresas acceso a una audiencia concentrada, pero ahora esa audiencia identifica quién financia un programa, etiqueta a las marcas y les exige una posición. La conversación llega así a la estructura económica que sostiene al medio.

Panditas, Clorets, Halls y Trident anunciaron el retiro de su publicidad de Ventaneando. Aunque se presentaron como cuatro marcas, todas están vinculadas con Mondelēz International, por lo que se trató de una decisión corporativa coordinada. Así, una controversia nacida en televisión, amplificada por las redes, produjo un deslinde empresarial y el retiro anunciado de publicidad.

Las investigadoras Jessica Vredenburg, Sommer Kapitan, Amanda Spry y Joya Kemper, especialistas en marketing y activismo de marca, sostienen que las posiciones públicas de las empresas sólo resultan creíbles cuando coinciden con sus decisiones. Una marca que se presenta como respetuosa de los animales, pero mantiene su financiamiento sin explicar su postura, corre el riesgo de ser señalada por incoherencia.

Esto no significa que las empresas actúen exclusivamente por convicción ética, sino que también protegen su reputación y previenen posibles boicots: la presión funciona precisamente porque convierte un problema moral en un riesgo comercial.

La indignación no es sólo ruido

La investigadora estadounidense Zizi Papacharissi utiliza el concepto de públicos afectivos para explicar cómo personas dispersas se vinculan mediante emociones y relatos compartidos. Las redes permiten que la indignación, la empatía y el rechazo se conviertan en formas de conexión, incluso cuando no existe una organización central que coordine las acciones.

El psicólogo social estadounidense William Brady ha estudiado cómo las plataformas favorecen la circulación de la indignación moral. Las reacciones, los comentarios y las publicaciones compartidas aumentan la visibilidad de ciertos agravios y estimulan nuevas expresiones de rechazo.

Esto no significa que toda indignación digital sea falsa o que las audiencias actúen irracionalmente, quiere decir que las plataformas privilegian contenidos capaces de generar una respuesta emocional intensa. En el caso Sola, la referencia al envenenamiento de perros presentó una imagen de violencia concreta, fácilmente comprensible y difícil de justificar. El agravio podía resumirse en un fragmento breve y reconocible, condiciones que facilitaron su circulación.

La indignación digital tiene, sin embargo, ambivalencias. Puede documentar abusos y exigir responsabilidades, pero también simplificar los hechos, difundir información no comprobada o transformar la sanción pública en espectáculo. Por eso importa distinguir entre lo verificable y lo exagerado: hubo retiro de publicidad, pero no conocemos el monto de las afectaciones; hubo una denuncia, pero eso no equivale a una condena judicial; hubo críticas extendidas, pero no puede suponerse que todas las personas compartieron la misma interpretación.

El poder de las redes no descansa en que representen una opinión unánime, sino en su capacidad para hacer visible el descontento, mantenerlo en circulación y dirigirlo hacia actores sensibles a la reputación.

La defensa animal como límite moral

La reacción tampoco debe reducirse a una sensibilidad excesiva hacia las mascotas. La filósofa estadounidense Martha Nussbaum sostiene que la justicia debe extenderse a los animales como seres capaces de experimentar dolor, miedo, bienestar y formas propias de desarrollo y que su protección no depende únicamente del afecto humano, sino del reconocimiento de su vulnerabilidad.

Es legítimo discutir la presencia de animales en restaurantes, comercios y otros espacios compartidos y se puede exigir responsabilidad a quienes los acompañan, respeto por las normas sanitarias y consideración hacia personas con alergias o miedo, pero esa discusión cambia radicalmente cuando el desacuerdo se expresa mediante imágenes de envenenamiento o muerte.

El lenguaje importa porque establece los límites de lo tolerable. Una frase pronunciada como broma no produce por sí sola el acto violento, pero puede trivializarlo, presentarlo como una respuesta graciosa o disminuir su gravedad. El rechazo público estableció un límite: la molestia frente a los animales no autoriza a convertir su sufrimiento en entretenimiento.

Salinas Pliego y el respeto selectivo

Ricardo Salinas Pliego afirmó en su cuenta de X que en sus empresas no se permite el maltrato animal ni la violencia contra ningún ser vivo. En el mismo mensaje añadió: “los chairos no cuentan, seres tontos”. La contradicción es evidente: invocó el respeto mientras degradaba a un grupo definido mediante una etiqueta política. La publicación fue reproducida por distintos medios y forma parte de su respuesta pública al caso.

La frase recibió críticas y sería inexacto afirmar que nadie se escandalizó. La diferencia estuvo en la magnitud y, sobre todo, en las consecuencias. Las marcas actuaron ante las palabras de un conductor, pero no anunciaron medidas semejantes frente a las del propietario de la televisora.

Esta asimetría revela los límites de la indignación digital. La defensa de los animales reúne consensos que atraviesan posiciones políticas, mientras que el insulto contra quienes son identificad

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