GRILLITA.

 GRILLITA.

Ejercía la dirección escolar siguiendo un manual ya desfasado en el mundo por venir. Limitaba información importante sólo para los cercanos, lo que en realidad significaba adláteres. Aislaba, desconocía, antagonizaba a quienes pensaban diferente; considerándolos una afrenta a lo que ella proclamaba, su autoridad.

A rajatabla, aquello de “más vale ser temido que amado”, “divide et vince”, pero su favorito por goleada era el “conmigo, o contra mí”, de los intolerantes intrascendentes. Hay que admitir por otro lado, funcionaba. Nadie levantaba mirada, mucho menos voz. Esa secundaria siempre estaba en los primeros lugares de todo.

Le recuerdo una costumbre muy molesta. Llegaba a la súper, un par de minutos antes del término de jornada. Se quedaba frente a la puerta de la oficina. Llamado a la línea fija, por lo regular a esas horas ya sin atender. Atentos, no llamaba al móvil de ningún miembro del equipo de supervisión. Tampoco tocaba la puerta, consciente como era, de que se le iba a responder.

Pero sí llamaba al supervisor:

-Maestro, estoy aquí afuera. Y NO HAY NADIE-.

Con ese tonito de falsa solemnidad y angustia actuada, dándole a la escena un sabor melodramático setentero. Luego preguntaba con pretendida inocencia:

-¿Qué hago, maestro?-

En esa costumbre tan extendida entre los mañosos, disfrazando de disciplina pomposa, lo que no es más que nulidad personal y purititas ganas de molestar. El súper, curtido en años de experiencia, experto conocedor de esa clase de personas, artimañas y grillitas insignificantes. Lidiaba de la mejor posible con semejante asunto, limitándose a responder con el timbre de voz más aplomado y al tiempo amable de que era capaz:

-Maestra, no se preocupe. Con todo gusto le recibimos mañana a primera hora-.

Que es justo lo que ella deseaba, pues en realidad no tenía los documentos listos para entregar. Aunque pensaba disimular la irresponsabilidad propia, culpando a otros. Nunca confesamos que le creíamos absolutamente nada. Quizás la única engañada con sus mentiras, fue ella.

Un subdirector observa a la profesora, salir del salón. De inmediato abandona su oficina y entra al grupo. Finge sorpresa, mientras pregunta:

-Niños, ¿dónde está su maestra?-. Recibe por respuesta lo evidente, salió.

Un par de horas después, porque en esto de intrigar, ser paciente es fundamental. Intercepta a la profesora por “accidente”. Dispara con el tono antes descrito que juro, todos los que nos dedicamos a esto, hemos escuchado alguna vez.

-Maestra, fui a su salón, y no estaba usted maestra-.
Anécdotas sobran, quien instruye a los recién llegados no dirigirle la palabra a tal o cual compañero. El que organiza actividades en petit comité, excluyendo al resto. Aquel sembrando discordia a propósito, para vencer y satisfacer una pueril fantasía de control. Quien habla mal de sus compañeros. Todas tienen algo en común, el uso sistemático, disciplinado, compulsivo y extendido de la grillita corriente y simplona. Desde quienes hacen de la queja, su preferido instrumento para captar la atención, hasta los que convierten a conveniencia un centro de trabajo, en campo de batalla, delimitado por bandos y territorio.

“Esta taza es mía, y sólo mía”.

Reflexiono lo siguiente. Al final cada protagonista del anecdotario, se jubiló. Pero durante el tiempo que les correspondió, crearon eco en otros. Algunos ya sea por desconocimiento, falta de individualidad, conveniencia, estulticia u lo que fuere; les escucharon, interiorizaron las palabras y acciones atestiguadas. Para de forma posterior replicarlas, pervivirlas.

Aunque vale la pena decirlo, estos seguidores siguen ahí, donde estaban. Realizando esa absurda y estéril danza. Mientras quienes eligieron no prestarse a esas grillitas, en cambio empeñaron esfuerzos, energía mental, vital y arrestos en su propio crecimiento, desarrollo. A consecuencia de lo anterior, siguieron de frente, accedieron a otros foros y responsabilidades.

Evolucionaron.

Dejándolos atrás.

Así las cosas.

Shayd Santillán

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Redacción

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