ESO NO ME TOCA

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UN TEXTO SOBRE MEDIOCRIDAD EN EL TRABAJO

“Entonces respondí, heme aquí; envíame a mí”.

Isaías 6:8 (fragmento)

Verónica era el prototipo de cuanto vicio puede existir en un trabajador. Provenía de algún organismo descentralizado en cualquier lugar, ¡y se le notaba! Cargaba en su haber con un par de querellas laborales, en las que de acuerdo con su propia versión, era la víctima indefensa de terribles superiores intransigentes y déspotas. Numerito que resultaba muy fácil creerle, hasta que se le conocía un poco.

Pelear era su modus vivendi.

Con estudios de primer semestre en algo que nadie sabía bien qué, más algunos trucos bajo la manga en materia de informática y derecho. Que hay que aceptar, le funcionaron por bastante más tiempo del que pudiera suponerse. Mezclados con el talento desarrollado de identificar a quien adular.

Experta en “solicitar apoyos”, de una manera tan directa como discreta, que francamente era para aplaudirle de pie. A lo que muchos accedían para “agilizar” procesos. Esas contribuciones ilegítimas se convirtieron en parte de sus ingresos extraoficiales. Eufemismos que no ocultaban su profunda afición por la coima.

Comunicadora casi profesional de chismes, rumores, insidia y miedo. Tan comunes en algunos centros de trabajo ante potenciales errores administrativos. De los que ella, por supuesto intentaba venderse como única, indicada y capaz de resolver. A través del depurado uso de formatos que según Vero, tenían el poder absoluto de solventar cada uno de los problemas del mundo.

Al menos de su propio mundo particular.

Sucede.

Investigadora profesional en redes sociales, para no decir: Chismosota de teclado. Era reconocida, sin duda por su detallismo en el cumplimiento de las tareas asignadas, siempre que “coincidieran” con la descripción de su puesto. De lo contrario, la respuesta y protesta no se hacían esperar: “Eso no me toca”, que lo haga otro porque eso a mí no me lo pagan. Razonamiento por lo demás, bastante difundido en ciertos espacios. Esa cosa de salir a las seis en punto para “no regalarle tiempo al patrón”. Aunque en el caso de ella, atención y funciones en los hechos terminaban a las cinco y media.

No fuera a hacérsele tarde.

Por contra, quejosa compulsiva, resentida y disgustada. Inconforme permanente hasta con la ubicación de su escritorio. Enfermiza crónica, real o inventada de absolutamente todo: Vías respiratorias, padecimientos arraigados, enfermedades emocionales que ameritaban por supuesto consultas mensuales con alergólogo, psicólogo, psiquiatra y hasta médicos brujos. Objetante de su sueldo escueto, pero negada sistemática a colaborar con el equipo de trabajo para ganar promociones. Con el añadido de una costumbre que casi la definía en sus carencias: Identificarse con títulos y cargos de los que carecía por completo.

Asidua a ausentarse de forma periódica, en la costumbre insana de utilizar sus circunstancias familiares para obtener tratos especiales y de paso generar lástima que ella confundía con “defensa de sus derechos ganados”, y empatía.

Todo un caso resultaba esta narradora, especialista en invención de realidades alternativas. Donde hasta los juristas más destacados le consultaban acertijos imposibles, que no obstante ella resolvía sin apenas esfuerzo.

Lo anterior era coronado con su facilidad de lágrima y lamento ante todo aquel dispuesto a escucharla, y a su terrible sucesión de tragedias de vida. Al menos de acuerdo con su propia visión de los hechos. Como si fuera poco, tenía el hábito de rodearse de personas igual de toxicas que ella.

Supongo que en cada oficina hay alguien así. Por cierto, si algo le resultaba insoportable, era el éxito y las alegrías de otros. Parecía que le recordaban sus propias insuficiencias.

Todo un caso.

Lo anterior describe una situación extendida en nuestro ámbito laboral. En el taller mecánico familiar, por años recibí cientos de esta clase de lecciones de filosofía de cantina. “No hagas más de lo que te toca”, “Nada más trabajamos para hacer más rico al patrón”, “El dueño nomás viene a cobrar, nosotros hacemos todo el trabajo”, “El clavo que asoma la cabeza, recibe el martillazo”.

El magisterio no escapa de esto, recuerdo que año con año, algunos de quienes apoyan con el traslado de libros de texto, no dejan de preguntar: “¿Al menos me vas a pagar mi gasolina? Preguntas que ni comprendo ni respondo.

Y es que muchos hacen de la sollozante lamentación, un estilo de vida. De la medianía inactiva una costumbre, convierten inacción mental y creatividad para inventar excusas, en una profesión. Estos individuos encuentran siempre razones para hacer nada, estar molestos, inconformes, y al mismo tiempo ser incapaces de la menor labor e iniciativa.

Así se van enmoheciendo, oxidando hasta volverse parte del mobiliario de un centro de trabajo al que odian, pero que no pueden abandonar, pues les resultaría imposible sobrevivir en otro espacio. Recuerdo alguna vez haber visto en una oficina, el colmo de la ineficiencia: Una persona tecleando “enter” para imprimir una hoja a la vez, y otra persona insertando una hoja a la vez en la impresora.

Sin palabras.

Además de la inacción voluntaria e inconforme, padecen la tendencia siempre presente de querer “pasarse de listos”. Una forma de romper las reglas sin consecuencias, que refuerce la opinión que tienen de sí mismos. Que están por encima de las reglas, del “sistema”, cualquier cosa que imaginen, sea el sistema. Con los años lo único que ocurre es que se van llenando de frustraciones, caldeados en rencor a fuego lento, que penetra hasta en el más indolente de los mediocres. Por más que afirme lo contrario, para fingir ante otros, lo que a otros les tiene sin cuidado.

Estas personas llegan a construir verdaderas cofradías de intrascendentes murmuradores. Especialistas en ocultar información, deformar información, bloquear información, formatos, envíos. Hacen de meter el pie, cuerpo y codo, motivo de significado de sus vacías vidas. Incapaces de comprender que hay una vida más allá del acuse de recibido.

No llegan a entender nunca lo banal de sus esfuerzos, porque los procesos, procesos son. Dominarles poco esfuerzo implica y ni de lejos son la parte central del trabajo. Lo que construye a los indispensables es conocimiento y actitud de servicio. Por desgracia para ellos mismos, transcurren su vida productiva preguntándose, ofendidos e incrédulos. Por qué otros llegan a posiciones a las que ellos no acceden, habiendo estando por más tiempo en el mismo lugar.

Desconocen que estar y ser no es lo mismo.

Inventando en el camino explicaciones justificadas, que tienen cualquier clase de razones, excepto la verdadera: Que ellos mismos son el origen de su falta de logros.

Como elemento de vida, además de una irrenunciable necedad, que para mí es admirar a mis superiores (francamente no se me da seguir, mucho menos obedecer a un anodino). Está otra disposición, puedo desconocer los detalles, aunque asimilo pronto. Lo que no se aprende es el genuino deseo de instruirse, conquistar, superar, trascender y servir.

Ser de utilidad a los demás.

Por eso, la costumbre de levantar la mano y decir: Envíame a mí.

Shayd Santillán.

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