ÉL, NO CURA. PERO BIEN QUE JODE

 ÉL, NO CURA. PERO BIEN QUE JODE
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Había una vez un pueblo enfermo de desconfianza. Desconfiaba del comisario, el alcalde y hasta el boticario. Los habitantes recelaban de sus amigos, familiares, parejas y del destino, que parecía ser siempre el peor para ellos. Construyeron toda una cultura de la suspicacia, que les iba de a poco envenenando el alma.

Tenía esta forma de ser, muchas razones. En el pasado hubo alcaldes deshonestos, boticarios falsos, alguaciles cuatreros. La inseguridad era un gran y creciente problema y cada ciudadano se sentía a merced de los salteadores de carretas.

A pesar de todo, en el pueblo no se vivía mal, o no tan mal como el pregonero de la plazuela se dedicaba a vociferar. Era un vendedor de curas milagrosas para todos los males, la gota, cataratas, mal de ojos, nervios, problemas estomacales, amores desafortunados, pobreza, enfermedad, y malos funcionarios públicos. Una gotita bastaba para transformar la realidad en el sueño de toda mujer y hombre  buenos.

De cuando en cuando, a lo largo de los años algunos bienintencionados compraban una dosis de su remedio; que no era más que una simple mezcla de agua, nombres de palabras floridas, fe e ilusiones sin fundamento. Pero la mayor enfermedad estaba por venir, la idea que el merolico pronunciaba día tras día, por décadas. De que él, y sus frasquitos mágicos eran la solución a todos los males del mundo; con el tiempo se extendió como un virus en todo el pueblo.

En algún punto, muchos habitantes acudieron al unísono a comprar evidente remedio charlatán. Era tanta su desesperación, que empezaron a creer la ocurrencia de milagros donde había nada. Otros notaron de inmediata que la medicina no funcionaba.  El merolico les decía: “ya casi se curan”, “no puedo curarlos, porque el alguacil, el comisario y el boticario, no me dejan”, “ellos no quieren que los cure”.

Entonces, les pidió a los ciudadanos que para curarlos con mayor rapidez, lo convirtieran en alcalde, luego en boticario, en comisario y finalmente en sacerdote. Todos al mismo tiempo, decía que sólo así tendría el poder suficiente para llevar la salud y el bienestar al pueblo. Para transformarlo.

Todo esto sucedía ante el espanto de muchos que desde el inicio lo vieron como el farsante que era. Pero vez tras vez eran silenciados por una muchedumbre enardecida que los acusaba de traidores al servicio del pasado. Una de sus víctimas favoritas fue el dueño del periódico local, que recibía ataques todos los días. Era tanto su desprecio por la información, que el vendedor de milagros fundó su propio diario, dedicado a decir que el merolico era el mejor curandero del mundo, una mezcla de divinidad y héroe mitológico. Descripción que encajaba bien con el ego desbordado del pregonero falaz.

Mientras esto ocurría, el pueblo seguí enfermo de desconfianza, pero ahora además sus habitantes se odiaban entre ellos, y estaban más divididos que nunca. Sólo había una persona feliz, feliz, feliz; el mismísimo vendedor de milagros que finalmente tenía lo que había soñado: hacerse del control del pueblo.

Shayd Santillán.

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