DEDICADO A TODAS LAS MUJERES QUE HAN MUERTO POR NUESTRA CULPA, POR NUESTRA INDIFERENCIA

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Milagros sale de trabajar a las 11 de la noche. Manos adoloridas, exhaustas. Hoy se ha pinchado. Llego un modelo nuevo, el patrón desconocido cobró factura.

La máquina se atoró y al intentar liberarla, aquella aguja para coser cuero demostró su excepcional calidad.

Pies cansados que andan sobre la polvorienta y oscura calle. Urge un cambio de zapatos, pero no de esos de los que ella hace 600 pares en un día. No le alcanzaría en un mes para comprar uno solo.

Fatiga abrumadora, estomago vacío, mirada descorazonada. Y apenas es martes. Faltan dos semanas para el cambio de turno.

Ya perdió el último transporte, toca ir caminado a casa.

Va casi a paso veloz, atenta. Todas saben que de noche pasan muchas cosas. Ladridos distantes, sonidos de neumáticos derrapando. Tres figuras humanas la sujetan y meten a una camioneta color blanco.

Ella, sus 52 kg y 19 años poco pueden hacer para resistirse. Intenta gritar, el primer impacto en la boca del estómago le quita el aire para hacerlo.

¿Cuál es el límite de la tolerancia de los receptores de dolor?

¿Cuándo se da cuenta la mente de que en realidad algo está sucediendo, que no es un sueño?

¿En qué momento la esperanza es sustituida por lenta agonía?

¿Puede el sufrimiento ser tanto, que el mínimo descanso; hasta una ligera disminución del tormento, se agradece?

A veces los sueños se rompen junto con los huesos.

Milagros no puede pensar esto. Siente miedo, mientras aquello que le dijeron que era suyo nada más, es tomado, arrebatado con violencia, forzado y roto.

En algún punto se da cuenta que no va a llegar esta noche a casa…

El resto es conocido.

Miriam cambió su número telefónico, perfil de redes sociales, amigos y forma de vestir. No quiere que su novio se enoje con ella.

Es algo celoso, pero lo es porque la ama.

Casi siempre es encantador y cariñoso; salvo cuando ella da motivos; como cuando se le descargó la pila del teléfono y no pudo responder a su llamada, ni las 73 siguientes.

Es comprensible que la abofeteara, estaba preocupado. Tanto, que le compró un nuevo teléfono y cargador externo.

Para cuidarla.

Regina se fue a trabajar lejos. Dejó en casa, al sur del estado a sus dos hijos. Rentó un cuartucho miserable con espacio apenas para un minúsculo baño y un camastro por el que también debe pagar renta.

El marido alcohólico le llama varias veces durante la jornada laboral. Están a la distancia, pero él mide tiempos de traslado con precisión milimétrica.

Debe avisar cuando ha llegado a trabajar y cuando regresa al cuartucho al terminar el día.

Por supuesto, tiene que enviarle la ubicación y evidencias de que esta donde dice estar.

Él dispone de los ingresos de ella, que come poco y mal, en parte por el exceso de trabajo, en parte por la falta de dinero, que es evidente para todos los que la conocen.

Este estilo de vida la tiene cansada. Ha perdido peso y ganado bolsas debajo de los ojos. Su salud esta evidentemente comprometida.

Pero debe obedecer a su marido; mientras él, ya encontró compañía nueva.

Regina no lo sabe todavía, pero si lo supiera no habría diferencia. Él dirá que es culpa de ella por irse lejos, sin importar que se haya ido por orden de él.

Que lo dejó solo; un hombre tiene necesidades.

Ella debe entender y entenderá.

Poco sé sobre feminismo, pero sé mucho sobre machismo. Lo vi, lo veo hoy por todas partes. Con mecanismos menos obvios, más sofisticados, pero igual de violentos y más eficientes.

Porque es sencillo sentir rechazo ante un golpe directo en el rostro de una mujer violentada, pero es complicado no reírse ante un chiste sexista.

Si los hombres de esta época fuéramos hombres de verdad, haríamos aquello que se supone hacemos mejor: CUIDAR.

Cuidarlas a ellas, pero también, cuidar nuestras acciones, pensamientos y hasta miradas.

Toda mujer sabe cuanta humillación, vulgaridad y violencia puede habitar en una mirada.

Si fuéramos hombres de verdad extirparíamos esta vergüenza compartida que nos empequeñece a nosotros, que tanta importancia damos al tamaño.

Enfrentaríamos a otros hombres y a nosotros mismos hasta que cada mujer pueda volver a casa tranquila, segura.

Jamás seremos hombres de verdad hasta que esto suceda.

Han pasado cinco años. Ramona se levanta temprano. Cada mañana prepara dos vasos con té limón, que es el favorito de Milagros.

Los sirve en la mesa, se sienta y calla. Espera que un día regrese su hija.

El corazón le dice que volverá.

Shayd Santillan

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