COVERTIRNOS EN QUIENES ADMIRAMOS (ESTAMOS CONTRATANDO)

 COVERTIRNOS EN QUIENES ADMIRAMOS (ESTAMOS CONTRATANDO)

Vengo de una familia de maestros, no así mis padres. Las suyas son de mecánicos y electricistas. Combinación que luego, con trabajo y escuela se fue transfigurando en lo hoy somos.

Así qué, debo admitirlo; empecé en esto con ventaja. Sea que lo acepte o no. Lo supiera, o no. Lo quisiera, o no. Lo valorara, o no. Cumplí todas las condiciones previas, una por una y todas juntas, varias veces.

A través de los años, vi además de la evolución natural de Ruth y Narciso; la de sus contemporáneos. Nombres que de este lado, suenan mucho entre maestros. En esa extraña aunque comprensible tendencia de los honrados bienintencionados desinformados, a crear criaturas míticas, leyendas e instituciones, a partir de personas falibles, cómo todos nosotros.

Ojo, falibles, no iguales.

La gran mayoría, han cedido su lugar, o trascendido al oriente eterno. Pero se les recuerda, aunque no de forma adecuada, y menos provechosa; sino a la manera de tótems. Al menos para nosotros en casa, fueron amigos. La gran calidad humana de uno, la eficiencia incuestionable de otra. Disciplina organizada de aquel, carácter de aquella. Conocimiento de ellos.

Al mismo tiempo, lamentarse la paulatina, pero inexorable sucesión de esos líderes imprescindibles, por individuos menos preparados, dominados por sus insuficiencias, cortos de miras y alcances. Indignos, pagados de sí mismos. Desconocedores compulsivos, groseros y vulgares de las formas, el buen hablar, bien vestir, y hasta del buen gusto. De la ley laboral, ni hablar. Faltos de prudencia, circunspección, e incluso carentes de sentido común.

Demasiado pequeñitos para dirigir.

Hay que decir, tienen razón.

Con un ligero detalle, omitido por ignorancia o malicia. Esos líderes enanos, deficitarios a los que se refieren, son ellos mismos, NOSOTROS. Y pierden de vista una realidad elemental, escondida tras el culto a figuras y circunstancias pretéritas.

Las grandes personalidades del pasado, no fueron producto de la generación espontánea ni nacieron tal cómo les conocimos. Además, estaban lejos, MUY lejos de la perfección. Todo lo contrario, fueron culpables en repetidas ocasiones de graves omisiones, comisiones o negligencias. Lo que los hizo diferentes al resto, fue su férrea determinación por sobreponerse a sus falencias, y en no pocos casos, a ellos mismos en su totalidad.

Más la decisión tomada a conciencia, por cada cuál, en su propio momento y ritmo; de dirigir a sus semejantes. Con base en una realidad que todos observan, todos sufre, pero pocos afrontan: La carencia de liderazgo.

Esta no es nueva, y personas valientes nunca han sobrado. Los arrojados en cada época y lugar, son excepción y no regla. Quien da un paso al frente, comprendiendo que nadie más lo hará, es siempre una isla solitaria de coraje, carácter y determinación, en medio de un mar de apatía pasiva y pusilánime.

Lo vieron, interiorizaron y asumieron la responsabilidad de sus propios entornos. No porque fueran los mejores, sino porque como es usual en estos casos, eran los únicos voluntarios para el puesto. Y no la tuvieron fácil, además de convertirse paso a paso, en la mejor versión posible de ellos mismos. Tuvieron que lidiar con los cientos, porque de esos sí, hay un chorro y dos montones. De personas irresolutas que dicen podrían hacerlo mejor, pero no mueven ni un plato. Aunque son expertos señaladores, acusadores, murmuradores, instigadores, perseguidores, y muchos más ores.

Llevo un tiempo viendo en mis pares, un puñado de candidatos a ser los líderes que necesitamos. Aquellos que creemos merecer. Surgen de manera inevitable, a consecuencia de los vacíos dejados por quienes no llenaron los zapatos. Qué mejor, que los llenen los idóneos.

Miremos al pasado, pero sin nostalgia. Antes bien, de manera crítica. Veamos con objetividad lo pequeños, frágiles, débiles, indecisos que fueron. Y luego, aquello en que terminaron por convertirse, a pesar de sus imagino, profundas paradojas individuales.

Hagamos lo mismo, trascendamos nuestra insignificante vanidad y miedo al deber, tomemos las riendas.

Y de preferencia, hagámoslo juntos. De por sí, somos poquitos, para además estar divididos.

Shayd Santillán.

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Redacción

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