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BULEVAR COLIBRÍ: LA “MEGA OBRA” QUE TERMINÓ EXHIBIENDO EL CAOS, EL EGOÍSMO Y EL ABANDONO EN SAN FRANCISCO TLALCILALCALPAN
Lo que en octubre de 2025 fue presentado con bombo y platillo como la obra vial más importante del Valle de Toluca, hoy se ha convertido en un símbolo de desorganización, improvisación y hartazgo social en San Francisco Tlalcilalcalpan.
Han pasado siete meses desde el arranque del llamado Bulevar Colibrí, una vialidad estratégica que conecta H. Ayuntamiento de Almoloya de Juárez 2025-2027 , Zinacantepec, Amanalco y Valle de Bravo, y que según el discurso oficial estaría terminada para el 31 de diciembre de 2025, incluso con la esperanza de que fuera inaugurada por la gobernadora Delfina Gómez Álvarez. Sin embargo, la realidad fue completamente distinta.
Llegó enero y la obra seguía inconclusa. Lo que vino después fue una cadena interminable de tropiezos, molestias y errores que terminaron afectando directamente a vecinos, comerciantes y automovilistas.
Durante meses, la carretera permaneció parcialmente cerrada, provocando un tráfico insoportable. Habitantes desesperados cruzaban como podían entre tierra, maquinaria y escombro para poder llegar a sus hogares, mientras que la presencia de agentes de tránsito fue prácticamente inexistente.
Los locatarios de la zona fueron otros de los grandes afectados. Las ventas disminuyeron mientras el caos vial se volvía parte del día a día. Para abril finalmente se abrieron los cuatro carriles, pero la obra seguía lejos de estar terminada: no había banquetas, las zonas peatonales estaban llenas de escombro y caminar por el lugar era un riesgo constante.
A esto se sumó otro problema: la solicitud de habitantes para que el Comité Autónomo de Agua Potable aprovechara la obra para renovar la red hidráulica, ya obsoleta según vecinos. La decisión provocó nuevos retrasos. La empresa constructora dejó pendientes las banquetas y el ayuntamiento tuvo que asumir posteriormente esos trabajos. Pero los problemas apenas comenzaban.
Las guarniciones quedaron demasiado altas en comparación con el nivel de muchas viviendas y locales comerciales. Comerciantes denunciaron que la obra les dejó prácticamente sin acceso para estacionamiento frente a sus negocios, pese a contar con espacio suficiente para no invadir carriles. La respuesta de varios fue tomar la justicia por su cuenta: comenzaron a romper las guarniciones recién construidas para permitir el acceso de vehículos.
Mientras tanto, familias cuyos hogares quedaron por debajo del nivel de la nueva carretera tuvieron que gastar dinero de sus propios bolsillos para adaptar entradas y evitar inundaciones o daños.

También quedaron expuestas fallas de planeación. Sobre la vialidad se dejaron cajas de acceso del sistema de agua potable, lo que obligó posteriormente a realizar modificaciones para moverlas a la zona peatonal.
Cuando finalmente concluyó la introducción de la nueva red de agua, el ayuntamiento anunció cinco semanas intensas de trabajo para construir banquetas, pasos peatonales y colocar semáforos.
Y como si el caos no fuera suficiente, mientras se construían las banquetas hubo vecinos que no respetaron las áreas recién hechas y subieron sus vehículos, destruyendo parte del concreto nuevo.

Después vino otra molestia: el propio ayuntamiento comenzó a romper nuevamente el asfalto recién colocado para construir ocho pasos peatonales, cerrando otra vez un sentido de la vialidad y generando un nuevo infierno vehicular.
La historia vuelve a repetirse: tráfico colapsado, ausencia de tránsito municipal y automovilistas convirtiendo la entrada en un auténtico campo de batalla vial. Cinco filas queriendo entrar en un espacio de un solo carril, bloqueos mutuos y el clásico “primero yo” terminaron creando enormes cuellos de botella donde nadie avanza.
Mientras el caos explota, las patrullas permanecían estacionadas en zonas cómodas, limitándose únicamente a señalar desviaciones, sin intervenir realmente para agilizar la circulación o poner orden.

Pero el problema de San Francisco va más allá de una obra mal ejecutada.
Lo ocurrido en Bulevar Colibrí también dejó al descubierto la falta de comunicación entre autoridades auxiliares, ayuntamiento, comité de agua, COPACI y delegados. Cada grupo jalando para su lado, priorizando intereses políticos, protagonismos y conveniencias personales.
En medio de todo quedaron los habitantes, atrapados entre obras interminables, tráfico insoportable, pleitos políticos y una evidente falta de cultura vial.

Porque si algo dejó claro el caso del Bulevar Colibrí, es que aquí todos tienen parte de responsabilidad: autoridades omisas, organismos descoordinados y ciudadanos que muchas veces también abonaron al desorden.
La “mega obra” que prometía modernidad terminó exhibiendo exactamente lo contrario: improvisación, división y el enorme costo de la falta de unidad en San Francisco Tlalcilalcalpan.
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