8M: cuando la escuela calla y la calle enseña
Por: Janette López
En una actividad escolar sobre el Día Internacional de la Mujer, ocurrió algo que dice mucho de lo que aún no estamos haciendo bien en la educación.
Mientras se hablaba del 8 de marzo, se comentó que también existe el Día del Hombre, a lo que uno de los alumnos respondió —¿Entonces ese día podemos salir a destruir cosas? –
La maestra, intervino con sensibilidad y profesionalismo, explicando y ampliando la visión que tenía el niño sobre dicho comentario.
Pero la escena deja una pregunta incómoda: ¿En qué momento el 8M se convirtió, para muchos niños y niñas, en sinónimo de “destrozos”?
Si algo nos muestra ese comentario es que la narrativa sobre la lucha de las mujeres no está siendo construida desde la reflexión educativa, sino desde el prejuicio social. Y eso debería preocuparnos.
El 8M no es un día de “destrozos”, es un día de memoria y denuncia.
El 8 de marzo conmemora la lucha histórica de las mujeres por la igualdad, los derechos laborales y la justicia social, que nos recuerda que las mujeres han tenido que organizarse, marchar y protestar para obtener derechos que hoy parecen obvios.
- El voto.
- El acceso a la educación.
- El derecho a trabajar.
- El derecho a vivir sin violencia.
En la escuela hace falta decir que cuando en las marchas aparecen pintas o intervenciones en monumentos, es iconoclasia, es decir, la acción de intervenir símbolos de poder que representan estructuras históricas de dominación; se trata de poner en evidencia que los espacios públicos, los monumentos y la historia oficial han invisibilizado a las mujeres.
No es vandalismo vacío.
Pero si esa conversación no ocurre en la escuela, lo único que queda en el imaginario es que “las marchas son para destruir cosas”.
La Nueva Escuela Mexicana plantea algo poderoso en el discurso: romper estereotipos, cuestionar el patriarcado y promover el pensamiento crítico.
Pero en la práctica ocurre algo curioso.
Cuando llega el 8M, muchas veces lo que vemos es silencio institucional, actividades tibias o avisos administrativos.
En el Estado de México, por ejemplo, las maestras se ausentarán el lunes 9 de marzo. Sin embargo, el mensaje que llega a muchas familias es simplemente este:
“El lunes no habrá clases porque les dieron el día a las maestras.”
Y listo.
Sin contexto.
Sin reflexión.
Sin conversación.
Hay otro problema que también alimenta el estigma.
Cada año, desde los palacios de los poderes: Ejecutivo, Legislativo y Judicial, se repite el mismo ritual: se amurallan edificios, se blindan monumentos y se refuerzan operativos policiales.
El mensaje simbólico de esa acción es sobre el riesgo de marchar, anticipando conflicto, dejando de lado la causa, sin reconocer la lucha; así, el propio Estado termina criminalizando el 8M, reforzando la idea de que las mujeres que marchan son un problema.
Y entonces, claro, los niños y las niñas escuchan, repiten y terminan creyendo que el 8M es un día para “salir a destruir cosas”.
Aquí es donde la escuela tiene una responsabilidad enorme. Si realmente creemos en las bases y principios de la Nueva Escuela Mexicana —las epistemologías del sur, la ecología de saberes, el Humanismo— entonces el 8M no puede reducirse a un cartel morado en el patio o a una actividad decorativa.
Es una oportunidad para problematizar la realidad.
Para preguntar:
¿Por qué marchan las mujeres?
¿Por qué siguen desapareciendo?
¿Por qué hay miedo de caminar solas por la calle?
Y también para explicar conceptos que los niños ya escuchan afuera:
feminismo,
protesta,
iconoclasia,
patriarcado.
Porque si la escuela no da esas herramientas, las redes sociales, los prejuicios y los discursos lo harán.
Y lo harán mal.
Cómo docentes, a veces olvidamos el poder que tenemos, no solo enseñamos contenidos, somos referentes sociales.
Cada comentario, cada conversación en el aula, cada forma de explicar el mundo construye la mirada de nuestros alumnos.
Por eso, aquel momento en el salón fue tan valioso, una maestra valientemente detuvo un estereotipo.
Si la idea de que el 8M es un día de destrozos, no es culpa de los niños, sino de la escuela que todavía no termina de asumir que educar también es incomodar
