Jueves, 20 2020 Febrero
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A LO QUE ESTAMOS EXPUESTOS LOS MAESTROS

Entra vociferando el tutor a la oficina del director. No está de acuerdo con en realidad no importa qué, pero tiene que ver con algo que no le gusta de la maestra de su hijo. Exige solución inmediata a sus demandas. Ello en realidad significa, que espera se haga lo que pide. Sin importar que esté o no justificado, o siquiera tenga sentido. De lo contrario, se irá “más arriba”, no dudará “llegar hasta las últimas consecuencias”. 

El director, un hombre que a fuerza de entregar los mismos formularios  durante demasiado tiempo y acatar indicaciones por ilógicas que sean; ha perdido el vigor de la juventud y hasta olvidado lo que es dar clase, guarda manso silencio. Teme una demanda a estas alturas, en que la jubilación se ve muy cerca. 

Trata de calmarle, sin mucho éxito. Al final le dice que regrese al día siguiente para ver qué respuesta le da. En el fondo, ambos saben que este director no quiere “meterse en problemas”. Esperar es mero trámite, hará lo que  por medio de amenazas le exigen.

Él no logra entenderlo. Es un individuo más bien simple, burócrata y no líder. Pero con este pequeño acto, acaba de perder no nada más su dignidad, sino de mandar el peor de los mensajes: “Este tipo es un cobarde, grítenle tantito y hará lo que le pidan”. Incluso si lo comprendiera, seguro pensaría: “Está bien, al cabo yo ya me voy. Que sea problema de alguien más”. 

Retirándose el tutor, de inmediato llama a la maestra  en cuestión. Usando el micrófono, por supuesto. Porque tampoco conoce el valor de las formas. Ella llega dando pasos cortos, con la mirada baja. Él, exhibiendo una autoridad que no  tuvo el coraje de mostrar ante el tutor, le informa que “hay una queja de un padre, en su contra”. No dice quién, “para evitar represalias”. 

Le solicita, con ese tono y mirada de falsa solemnidad, de  gravedad fingida y ridícula que todos los maestros bien conocemos. Como quien se dirige a un condenado, listas de asistencia, planificación, ajustes razonables, seguimiento por alumno, estilos de aprendizaje, diagnóstico, toma de lectura, cálculo mental, producción de textos, lista de libros de biblioteca del aula, evidencias de árbol lector, acuerdos de convivencia, actas de reunión y fe de bautizo.

Porque los formatos son IMPORTANTÍSIMOS para la correcta asignación de culpas. Aferrándose a ellos como a la cosa más importante del mundo. 

-              Horror, mire. Aquí falta una coma.

Lo dicho: burócrata.

En el fondo, lo único que quiere es “lavarse las manos, porque “de que lloren en mi casa, a que lloren en la suya…”Salir lo mejor  librado posible, de preferencia teniendo un culpable. Así sucede, la maestra es sancionada por “Negligencia en la escritura de comas”. El director queda satisfecho de “haberla librado”, y el tutor contento, atendido en su capricho. 

Al menos por el momento. 

El daño está hecho. 

El enojo, miedo, frustración e incertidumbre, que  los maestros mexicanos hemos experimentado estos últimos días, difícilmente podría estar más justificado. La vulnerabilidad con la que trabajamos, nos hace vivir  en el temor constante. Sin embargo, es poco probable encontrar  la solución a un problema, viralizando imágenes o vomitando rencor. 

La indignación es cierta, el peligro, real. Pero no podemos simplemente reaccionar, teclear ira. Olvidar luego, hasta la siguiente vez.

No más. 

Es momento de tomar conciencia de algo fundamental: Nadie va a cuidarnos, si no lo hacemos nosotros. Nadie luchará nuestras batallas, porque son sólo nuestras. Demasiado tiempo hemos evitado “meternos en problemas”. Al final, los problemas se metieron con nosotros. Cedimos de manera lenta, pero progresiva e inexorable, nuestra posición de autoridad moral, académica, social y política. Hasta convertirnos, en muchos casos, en temerosas figuras de ornato. Repetidores de lecciones, no líderes. 

Y así hemos sido tratados. 

Los maestros somos constructores de naciones, no sujetos timoratos e insignificantes, a los que cualquiera puede levantar la voz, amedrentar. Si el director de esta historia, o el supervisor, por cobardía, o estulticia pusilánime, no defiende a los maestros de su escuela; toca a ellos defenderse desde el conocimiento empoderado de sus derechos. La cultura, el amor propio, pero sobre todo, dignidad. 

Maestros, dignifiquemos nuestra profesión. No podemos mendigar buen trato, sino exigirlo. Crear y mejorar nuestras circunstancias, determinarlas. No se suplican concesiones, se toman posiciones. 

Somos el servidor público más cercano a los ciudadanos. Es un lugar privilegiado que nos permite ser gestores, negociadores, cabeza de proyectos, conquistadores de voluntades. Convirtámonos en la clase de líderes que siempre hemos creído merecer.  

Dejemos de esperar.

Y a quienes dirigen las escuelas, se acabó el tiempo de lavarse las manos, de la afirmación estúpida y además falsa del  “aquí mando yo”. Del “conmigo, o contra mí”, de los intolerantes minúsculos. El hablar mal de nosotros. Porque en el vulgar chisme entre hermanos de clase, se encuentra el origen de lo que hoy vivimos. En los comentarios en voz baja, los rumores inocentes que nunca lo son. En eso, nadie tuvo nada que ver, salvo nosotros. Que permitimos a unos cuantos, perjudicarnos a todos, minarnos. 

Ya no. 

Se necesitan directores que cuiden a sus maestros, recuerden que la cadena es tan fuerte como su eslabón más débil. Si no lo hacemos ahora, si no somos capaces de organizarnos para cuidarnos, lo único que pasará es el empeoramiento de la ya de por sí complicada situación que vivimos. 

Shayd Santillán.

Profesor.      

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